martes, 15 de enero de 2013

El jugador que nunca había jugado


La tarde pintaba mal de antemano para aquellos muchachos que habían aceptado por obligación el desafío con el otro pueblo; el rechazo les hubiese valido la humillación de una etiqueta que cargarían por siempre: la de “cagones”.
Como sabían del peso del estigma, no hubo otra salida que la derrota. Perdieron 5 a 0 y la sensación es que el resultado le quedó chico al equipo ganador. Las cargadas sobrevinieron sobre aquel grupo de muchachos con buenas intenciones y malos jugadores. Uno, el presunto capitán, cansado de la fanfarria rival y los festejos desmedidos, agitó la patraña:
—El día que les juguemos con el Marito no tienen más chances de ganarnos.
Marito nunca había jugado al fútbol y tampoco imaginaba que su amigo lo convertiría en un ícono. Los rivales tomaron la provocación y disminuyeron los alaridos triunfalistas; enseguida, pidieron revancha con Marito en cancha.
Y entonces empezó el problema. Cómo transformar en verdad una mentira tan artera, tan fácil de demolerar con la mínima evidencia.
De Marito se contaron proezas que corrieron con la velocidad de una corriente embravecida y no dejaron discurso sin salpicar. De tanto repetirse, incluso algunos que sabían de la mentira la asumieron como verdad. El mito llegó a preocupar a Marito, que repetía otra mentira para conservar el invicto de sus supuestas hazañas:
—Estoy lesionado—, se defendía.
Su amigo, el que inventó el asunto como una salida rápida y decorosa de la humillación, le pidió por favor que sostuviera la ya entonces creencia popular. Marito cumplió. Y fue más allá.
A la vuelta, de su trabajo y los fines de semana también, se había encomendado una rutina: dos horas de tiros libre. Al principio, hasta fue capaz de lo imposible: pifiarle a la pelota quieta.
Con el tiempo le fue tomando la mano y a los seis meses de iniciada esa tarea, ya le pegaba con bastante exactitud. Le llevó un año de corrido, sin interrupciones en su rutina, colocar la pelota más o menos donde él quería. Su titánica acción cotidiana estuvo sumida en el más absoluto silencio. Recién cuando se creyó capaz de patear un tiro libre de verdad, con hombres delante que oficiaran de barrera y un arquero que tratara de impedir el gol, se lo comentó a su amigo.
El plan se llevó a cabo una tarde, de local. Después de perder todos los desafíos, el equipo del pueblo de Marito decidió desempolvar su estatua viviente. Su presencia fue intimidatoria. El partido se mantuvo empatado 0 a 0 hasta bien cerca del final. Los rivales, con la carga emocional de saber a aquel héroe sentado en el banco, se mancaron en cada ataque, afectados por el temor que implicaba el eventual ingreso de Marito. El equipo de su pueblo resistió agrupado atrás y la única vez que atacó logró el milagro de generar un tiro libre cerca de la media luna. Cuando el delantero cayó, Marito se levantó del banco, eyectado con la propulsión de enteder que era su tiempo; la hora de enaltecer el mito.
El cambio generó murmullos entre rivales que suponían lo peor: entraban a la cancha las mil hazañas.
Marito se paró delante de la pelota y ensayó el ritual que preambulan los cracks para acomodar la pelota. La besó y la arrastró de adelante hacia atrás, antes de clavar la mirada en un horizonte lejano, en el que imaginó colocar el remate. Los de la barrera sabían que eran testigos frontales de la historia. Marito tomó corta carrera, como había practicado durante 730 horas y ajustó su tiro contra un ángulo; el arquero miró, estático. Sin gritar el gol, Marito pidió el cambio, mientras se tocaba el aductor izquierdo. Fingía una lesión; fingía el mito.