
Parecía empecinado en la gambeta. Y en verdad lo estaba. Sus infructuosos intentos por esquivar rivales le ha valido los más justificados insultos. Aún así, el jugador que se creía invisible no abandonaba su tozuda búsqueda. Su creencia en la propia intangibilidad lo conminó a dejar de pasarle la pelota a sus compañeros. Desde entonces, hizo de la gambeta un culto y desoyó los reproches con tal de alargar su marcha hasta el infinito.
Hace rato que nadie sabe de él. Algunas sospechas sobre su paradero lo vinculan con el barrio de las sombras perdidas. Aseguran que en ese lugar paradójicamente oscuro hubo una silueta que se movía en zigzag, con la misma obstinación que el jugador que se creía invisible. Hasta que un día de sol radiante dejó de amagar. Fue cuando se convenció que todo el mundo podía verla y descubrirle las gambetas.