miércoles, 29 de diciembre de 2010

El crack


En mi familia hicimos un pacto: que Santino nunca lo sepa; ni siquiera cuando sea grande. Las causas de la infancia no prescriben, mucho menos las vinculadas con la gloria personal.
Mi sobrino tiene cinco años y su padre, muy futbolero, lo anotó en una escuelita de fútbol. Su intención primera es que su hijo aprenda a jugar; la última, que sea futbolista.
Hasta ahora, Santino va chuequito y no parece ser de los virtuosos. Tampoco demuestra interés por la competencia ni concentración en esos partidos que se organizan una vez por semana. El mayor atractivo que encuentra, dice, es esquivar conitos y patear al arco. Atentos a su declaración, deducirán que Santino no es un chico que mida su yo con el resto.
Sin embargo, paladear la gloria seduce a cualquier personalidad. Había que ver la emoción post partido de ese enano con patitas enclenques, que pisa para afuera, luego de emprender una carrera furiosa en busca del gol. No hubo grito que lo detuviera ni compañero que recibiera el pase. Simplemente, Santino corrió con la pelota y llegó hasta el arquero, sin ser detenido. Era la estrella del día, el que había recorrido largos metros –al él, tan chiquito, le habrán parecido kilómetros- para convertir su primer gol. No dudó ante el hombrecito vestido con un buzo de arquero, que no supo qué hacer. Santino, ferviente hacedor de la obra, lo ajustició con un puntinazo y festejó la conquista.
Pasadas tres semanas, todavía habla de ese gol cada vez que surge la pregunta: “¿Cómo te fue hoy en fútbol?”.
Ninguno de nosotros retrucará su historia ni le contará verdades innecesarias. Que Santino no sepa, nunca, que aquella gesta fue un gol en contra.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Paradoja


Y allá fue. El Morrudo tenía por costumbre decir que iba en busca de su destino. Se lo veía siempre apurado, como si la actitud del cuerpo le acompañara la intención sobre el propósito.
De tanto que andaba, era privilegio de pocos ver sequito al Morrudo. Las gotas le caían más allá de la cancha; transpirado de tiempo completo, se le decía.
Cada vez que hacía un gol, pensaba en el futuro. Que esas conquistas lo acercarían a su gran conquista: el Morrudo buscaba su destino.
Los ojos enfocados, la mente fría y el corazón galopante. Ese hombre no le erraba al arco cuando apuntaba. Tenía el gol impregnado, como un signo. No miró jamás el presente, porque el Morrudo, decía, tenía objetivos allá adelante.
Aquel futbolista genial, que nunca se supo así, ya no juega ni sueña ni es morrudo. Pero todavía, lejos de resignarse, anda buscando su destino. Ese mismo que ya encontró hace rato.

lunes, 20 de diciembre de 2010

El sabio que no sabía


Nadie sabía tanto como él acerca de los secretos del juego. Artista de la pelota, su zurda hizo explotar estadios enteros con remates certeros, toques sutiles y gambetas pergeñadas en el aire. Ese hombre volaba cuando encendía su carrera, siempre tan custodio de la pelota. Rivales que parecían de papel se desplomaban ante su paso fulgurante; el gol era, en general, el corolario endémico de semejantes acrobacias.
Fue el gran creador de jugadas que llevan su firma indeleble, aún no falsificada. Lo llamaban Mago, a falta de ingenio para corresponderle un apodo más exacto.
El hombre que todo sabía de fútbol era eso, un sabio. Sin embargo, se lo condenó por ignorante. Todos sabían, menos él, cómo emocionaba un gol suyo.

martes, 14 de diciembre de 2010

De local, siempre firme


Ver jugadores como el Gordo Valdés, Tito Pousada, Agustín Reinaldi... ¡Agustín Reinaldi, qué lo parió! Ese sí que la tenía atada, viejo. Una vez le vi hacer uno de esos goles que no se olvidan por nada del mundo. ¡Se gambeteó hasta a los compañeros! Así y todo no lo grité.
En realidad yo no gritaba ningún gol. Así de claro, viejo. Y ni hablar de tipos que pasaron por el club como Mario Miranda o el Chino Villanueva. Ojo, cuando se las pudieron tomar del club ni lo pensaron. Pero acá, sin embargo, los tipos son recordados por los dos campeonatos ganados en el ´83 y el ´84. ¡Y cómo! Son ídolos en serio, eh.
En un partido Villanueva estuvo ahí, justo ahí donde estaba yo; casi al lado. Pero no le dije nada. Ni un “¡Grande, Chino!”, nada. Por ahí para no desconcentrarlo; aunque más que nada fue por una cuestión mía. Lo que pasa es que lo mío iba por otro lado. Yo era un hincha silencioso, diría.
El día que salimos campeones en el ´84 quería ir y abrazar a todos. Pero no, me quedé en el molde. La vuelta la dieron todos, eh. Los jugadores y los hinchas que habían entrado. Menos yo. Yo me quedé paradito a un costado, mirando. ¡Y eso que era fanático! Sin embargo nunca perdí la línea; siempre fui un tipo medido.
Me acuerdo, también, la vez que cayó una pelota justo donde estaba yo. Íbamos perdiendo 1 a 0 pero ni me moví. Seguí mirando derechito para adelante.
—Dale boludo, alcanzá la pelota!— me gritaban los muchachos.
Yo seguía en la mía: era así, viejo, le gustara a quién le gustara. Eso sí, como a todo buen hincha, no me faltaban las cábalas. Yo me ponía siempre en el mismo lugar: cerca del córner derecho del lado de la tribuna que daba a las vías del tren. Y ahí estaba, siempre; aguantando muchas veces por adentro. Porque sufrir, sufría.
De local estaba siempre. Firme, no fallaba nunca. Eso sí, en la cancha me portaba como un señor. ¡Nunca un insulto! Y eso que a veces jugaba cada uno que era para matarlo, eh.
En esa época siempre me la banqué calladito; otros tiempos. Ahora es otra cosa. Puteo hasta a los que son buenos y grito los goles por todos los que me callé. Es que la cosa cambió, viejo. Desde que me retiré de la Policía, la cosa cambió.

lunes, 6 de diciembre de 2010

La maldición del natalicio


En el día de su cumpleaños, Michael Platini erró un penal; fue en el Mundial ‘86, contra Brasil.
Y a mí, hoy, no se me ocurre ninguna historia para contar.
Sepan ustedes disculpar las molestias.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Sólo para creyentes


Dios ha muerto. Lo escribió una vez Nietzsche y pasó en realidad el día que Maradona jugó por última vez al fútbol. A partir de entonces comenzó el problema, Iglesia mediante. El Papa, el Arzobispado y los santos evangelios protestaron la metáfora del Diez y convinieron, arbitrariamente, declamar que no había Dioses de carne; y que sólo ellos, autoproclamados voceros de Dios, podían revelar la verdad.
Cuentan los que conocen el gran secreto que Maradona provocó la sospecha cuando habló de la mano de Dios, luego de su primer gol a los ingleses, en el Mundial ’86.
Atentos a las palabras sagradas, hay quienes siguieron la pista y concluyeron que existió el siguiente diálogo:

Dios: —Esto del gol a los ingleses nos va a traer problemas.
Maradona: —No me quedó otra que decir la verdad.
Dios: —La verdad, la verdad. Vos sabés Diego que no siempre es verdad la Verdad.
Maradona: —Barba, quedate tranquilo. En este momento soy tu mejor agente de prensa. Imaginate lo que habría dado el quía porque yo hubiese dicho ‘fue la mano del Diablo’.
Dios: —En eso tenés razón. Pero se van a dar cuenta que no sos humano.
Maradona: —El que casi me deschava es mi hermano el Turco, la vez que dijo por televisión que yo era un marciano. Y después del segundo gol a los ingleses, si ya sé, me dijiste que disimulara, que no hiciera esos goles porque me van a descubrir, pero era Inglaterra, qué querés; reconozco que me tenté. Te decía, el que algo intuye es Víctor Hugo. ¿Lo escuchaste? Dijo durante el relato: “Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?”. Algo sabe, seguro.
Dios: —¿Y ahora cómo sigue el asunto?
Maradona: —Voy a sacar campeón al Nápoli. Es la lección postergada del Sur al Norte. Tengo que hacer sentir ganadores a los que creen que perdieron todo. Con eso ya está. Si querés, después hago algún escándalo mundano, me muestro como un hombre cualquiera y entierro las dudas.

Dios ha muerto, es verdad. El 25 de octubre de 1997, cuando Maradona se sacó los botines, ningún milagro volvió a suceder en la Tierra.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Ver


En la cancha vi llover y muchas veces resplandecer el sol.
Vi a una mujer parir y a un hombre morirse; se murió ahí, al lado mío.
También vi alguna gente llorar de tristeza y a otra de alegría.
Muchas vi jugadores transpirados y un día descubrí a uno que daba vergüenza ajena de tan sequito que había terminado el partido.
Vi árbitros parciales, unos pocos justos, y a los que alternaban su moral según quién jugara.
Vi gritar un gol a un chiquito tan chiquito que dudé acerca de su entero entendimiento de ese instante. Vi, la misma tarde, a un señor tan viejo gritar un gol que sospeché que la vejez y la infancia sólo se distinguían por edades.
Vi que se insultara a futbolistas y, contrariamente, que se les profesara respeto más allá del resultado.
Vi en la cancha una maqueta exacta de lo que pasa a cada rato, todo el tiempo, en cualquier lugar.
Lo que nunca vi en una cancha fue que alguien soñara tanto como yo te soñé a vos.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Enseñanza


El padre tenía la sabiduría de esos hombres que entendieron que el fútbol, como la revolución, no se trata de celebrar victorias, sino de superar derrotas. El hijo, de diez años, le había visto la cara a ese hombre después del partido. Sabía, entonces, que no había sido una caída más la del equipo.
La vuelta a casa fue silenciosa. Aquel señor de barba paseó su luto con la mano izquierda apretada contra una mano de su hijo, que no se animaba a soltar ni un sonido.
Se preguntaba el chiquito de pecas si hablar, en ese momento, incomodaría a su papá. Incluso, a pesar de su lógica infantil, se cuestionaba si decir lo que pensaba no atentaría contra su propia condición de hincha. ¿Cómo explicarle al padre, tan sufriente, que no había que ponerse mal? Que por lo menos no iba a tener que soportar, como él, que los chicos lo cargaran en el colegio. Siguió callado; prefirió la mudez a la torpeza.
Sin embargo, una pequeña mueca del padre, que se pareció demasiado a una sonrisa, le concedió valor para una pregunta:
—Papá, ¿vas a llorar porque perdimos?
—No— se apuró a contestarle el padre.
Y empujando las palabras para atravesar el ataque de asma, le murmuró al oído:
—De este dolor se aprende; por suerte, mucho más que cuando se gana.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Dios y la camiseta


“Enelnombredelpadredelhijoydelespíritusanto,amén”. Juancito rezaba todas las noches, apretando las palabras, casi sin modular. Tenía una familia creyente, que le había impuesto el hábito del rezo. Pero su fe no era tan católica como futbolera; Juancito rezaba por su equipo.
El extremo fue la noche previa a la final del ‘87, en la que ni siquiera durmió. Le dedicó el insomnio completo a pedirle a Dios, encarecidamente, y hasta dispuesto a resignar su felicidad de grande si era necesario, poder dar la vuelta olímpica. Juntaba las manos, Juancito. Tal cual le habían enseñado, respetaba el ritual de acompañar las palabras con el gesto misericordioso de los dedos entrelazados.
“Si mañana somos campeones, no pido más nada; te lo juro”, anteponía reiteradamente a sus murmulladas plegarias.
Era inteligente el chico. De esos que no parecen tener la edad que tienen; él, con sus siete años, hacía deducciones de un chico de quinto grado. Sin embargo, virgen de derrotas, no tenía ni el cuerpo ni la mente preparados para absorber el dolor. Cualquier marca contraria a su lógica podía resultar indeleble.
Tanta fuerza y dedicación en el rezo tenían que traer, necesariamente, beneficios. Juancito no concebía que pasara algo diferente. Ni el mínimo argumento le entregaba a la Providencia para no concederle el triunfo. Rezó, repitió las súplicas y encadenó a ojitos cerrados el pedido concreto: ganar y ser campeón.
Pasaron los años y Juan no se olvida ni de uno de los jugadores de ése equipo. Sabe la formación de corrido porque para él el recuerdo es persistente. Ya nunca, ni por milagro, se cansará de machacar que por culpa de esos hijos de mil puta tuvo que dejar de creer en Dios.

lunes, 1 de noviembre de 2010

"Asusta de sólo mirarlo Ojeda, no le digo"


Sepa usted, Garredo, que Ojeda es el hombre más valiente que yo haya conocido. Ojeda tiene pelotas, sabe. ¡Pero pelotas en serio! Es un batallador de mil batallas, capaz de matar a su madre, y más también, si es que hay algo peor que matar a una madre. Y no es de joder. Tiene eso Ojeda. El que se le cruza por el camino, pobre de él: lo desparrama, y sin arrepentimiento. Visceral es Ojeda, créame. Un hombre sanguíneo, que no se anda con vueltas. A Ojeda le importa un carajo andarse con prolegómenos, castiga si es necesario y punto. ¿Usted le ha visto la suela? Flor de calzada lleva. ¡Cuarenta y siete!, dicen. Pata ancha, cara ancha, surcos en la piel y mocho los dedos tiene Ojeda. ¿Y esos dientes! Imagínese si se le viene encima. Hace fules y todavía le piden disculpa.
De agarrarse a piñas, a montones tiene de esas. ¡Se ha peleado hasta contra un equipo entero! Él solo, sin ayuda de nadie.
Ojeda es guapo como nadie, Garredo. Con decirle que es capitán desde los seis años. De chiquito que tiene la cinta en el brazo. Ya de pibe se le notaba ese semblante de matón, prodigio para planchar grandotes y no estirarle ni siquiera la mano. Rompió rodillas que dio miedo, hasta cansarse, mire lo que le digo. Pero no se crea que eso era lo único que hacía. No, esa era una característica de su juego, importante, sí, pero Ojeda era más que eso. Usted no me va a creer, pero hasta era de gambetear. Tenía que verlo en sus años mozos, la tiraba para adelante y a los manotazos se sacaba gente de encima. ¡No le hacía falta mover la cintura! Amagaba con una piña y los contrarios pasaban de largo. Hizo goles de antología, no se crea. Le recuerdo algunos arrancando de atrás de mitad de cancha. No, si usted lo hubiese visto en esa época... Tenía la misma mirada asesina que ahora, en eso no hay diferencias.
Este hombre siempre fue de bancar la parada. De Tapiales lo sacaron entre veinte o más, con las manos ensangrentadas de tanta biaba que había dado. Imagínese: tipos grandes, llorando, pidiéndole que la parara. Cuando el equipo de Ojeda no ganaba, había quilombo seguro.
Una vez en Barracas lo enfrentaron a cuchillo. Le juro que no se achicó en lo más mínimo. Ahí tiene, mayor prueba que esa quiere, Garredo. Ojeda aquella vez se la bancó a mano limpia, él solito.
Con ese cogote y esas manos, qué quiere usted también, Garredo. Y feo. Encima, es feo. Eso amedrenta, qué le parece. Vio que los feos dan más miedo que los lindos. No sé, cuestión de imagen. Porque no por feo uno debería ser más guapo. Pero observe bien; mire bien y se va a dar cuenta que los fuleros asustan más. Y Ojeda, entre nosotros, que no se le escape, si hay algo que tiene es una cara que espanta. Eso también lo ayuda. Igual es guapo-guapo. Buen jugador, no sé. Aunque en mi equipo lo quiero. Ah, eso sí; a mí deme uno como Ojeda y le peleo cualquier campeonato.
El tipo es una bestia humana, qué quiere que le diga, Garredo. Si tiene que matar a uno, lo mata. No hay quien le diga ni media palabra de más. Ojeda se hace respetar adonde vaya. Tiene fuego, es aguerrido. Lo escudriñe al rival con esa mirada exaltada y eso le revuelve las tripas a cualquiera. No le digo yo el respeto que infunde. Es de poner la pierna donde todos la sacan. ¿O no ha visto cómo surca la cancha, de tan a fondo que va? ¡Ahuyenta hasta al más valiente, cuando pone de punta los tapones de esas suelazas!
Pero sí, se lo reconozco, Garredo, en algo tiene usted mucha razón: cuando hay que patear un penal, Ojeda se caga todo.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Oda al gol


El fútbol, tantas veces desmerecido por los intelectuales, tuvo la mejor de las ideas: inventar el gol.
Nadie podrá jamás revelar el secreto del truco más guardado. La magia pura se manifiesta en la explosión que provoca la inocencia de la pelota cuando salta la línea que divide el arco del resto de la cancha.
La hinchada, por entonces, se devora ese momento con la boca y los abrazos abiertos. Mientras, el mundo se detiene un instante. Ninguna cosa sucede alrededor del gol. Nada. La pelota que entra y los hinchas que celebran son la comunión de un instante sublime, repleto de emociones. Los hombres y las mujeres se hacen más humanos durante ese ratito. Por esa razón, el gol es una gran idea; quizás la mejor invención de todas. Aun en la contradicción de que cuando el gol se produce, no sea posible pensar.

jueves, 21 de octubre de 2010

El mejor del mundo


Tenía la fuerza de un huracán y, también, la calma espesa del día después. El jugador de los botines despintados encaraba siempre y dejaba en el camino a rivales que, a su paso, parecían de papel. Ya dentro del área mitigaba su furia para poder pensar. Recién entonces ejecutaba, luego de un análisis tan expeditivo como eficaz; el remate era puro acierto.
Aquel delantero implacable estaba llamado a ser el más grande de todos los ídolos. No hubo vez que se le cambiara el puesto. Los demás podían variar de posición; él no.
Alto en comparación con sus compañeros, y macizo, su estampa siempre era la misma: con la pierna derecha estirada levemente hacia atrás, anuncio inminente de su tiro mortal.
Un héroe del silencio, ubicado en el lugar donde a otros les tiemblan las piernas, él hizo más de mil goles. Verlo moverse en la cancha era una fiesta para los ojos; era ese manejo, su potencia lo que provocaba un verdadero carnaval de fútbol.
Sin exagerar, tenía todo. No carecía ni de una de las cualidades que se les exige a los verdaderos cracks. Cuando digo que tenía todo, es todo. Lo único que le faltó para ser ídolo fue una hinchada; que la masa lo quisiera y le coreara el nombre.
A mí me hizo divertir como ningún otro. Además, sabía que después del contacto entre su pie derecho y la pelota que fuera, era gol seguro.
Insisto, fue el más grande que yo haya visto. Sin embargo, para ser ídolo, al mejor jugadorcito de plástico que tuve en mi infancia le faltó una hinchada.

lunes, 11 de octubre de 2010

Sentadito, en la Doble Visera


Fue así, tal cual. Me lo contó Claudio Gómez, un personaje entrañable, militante de la verdad y la propagación de las historias de barrio.
Una aclaración: ya pasaron 16 años de una anécdota que no pierde vigencia y emoción en las rondas de café del bar Mundial, donde Valentín Alsina reúne a los futboleros mejores entrenados en el arte de la palabra secretamente mentida. Lo que sigue, sin embargo, es una excepción a esa regla tácita.
El Independiente de Brindisi había encendido el infierno con una seguidilla de triunfos fulgurantes y cerraba el torneo contra Huracán, que estaba primero con un punto más que el Rojo. Los días previos al choque, Avellaneda era la capital nacional de la locura; conseguir una entrada era pedirle a un mudo que hablara o a un paralítico que se pusiera de pie. Dos amigos de Néstor Viola habían hecho lo imposible por conseguir entradas y le habían fallado hasta los contactos más confiables.
Sin chances, la idea surgió de Cacho. Después de reflexionar las consecuencias deseadas y las otras también, pensaron en Roberto. El hermano de Néstor era el hombre clave; la llave maestra para un plan perfecto. Sensible al fanatismo ajeno, el mayor de los Viola concedió al pedido y sacó a su hermano, por dos horas, del lugar en que ése hombre se pasaba la vida.
Roberto vivió aquella tarde hundido en la cama; había entregado el trofeo preciado. Su silla de ruedas fue un pase libre para dos: Cacho entró sentado y el Cone ofició de acompañante-empujador.
El 28 de agosto de 1994 Independiente goleó 4 a 0 a Huracán y dio la vuelta olímpica. Acaso un hecho menor, desprovisto de quimera en comparación con el salto que pegó Cacho, después del primer gol. De pie, a los gritos, fue descubierto por un policía, que, incrédulo, observaba la escena. Con las lágrimas por las mejillas, Cacho advirtió la mirada celosamente puesta sobre él. Y entonces hizo rugir la frase que lo salvó de ser expulsado de la cancha:
—¡Milagro, milagro. Esto es un milagro!
Claudio Gómez me juró que Cacho se abrazó con el Cone durante dos minutos y, pasada la emoción, se sentó de nuevo en la silla de ruedas. Nunca más se volvió a parar.

lunes, 4 de octubre de 2010

Solos, una tarde


No fue fácil; de ahí el gustito de haber sido. Días cambiados, horarios dados vuelta y vidas cruzadas conspiraron un rato que duró un año y medio. Desde entonces, mi papá, mi hermano y yo no coincidíamos en espacio y tiempo en la cancha.
La huelga de una oportunidad exacta nos había devorado la paciencia. Se notó al momento de nuestra llegada. Una hora antes del partido, los tres, imitados en la vestimenta, elegimos un lugar en la tribuna. Disponíamos de todo el cemento para ubicarnos, porque a nadie se le había ocurrido gozar desde tan temprano. Teníamos sed de cancha, nosotros. Y así, de a sorbitos, nos tomamos revancha de los días en los que nos habíamos perdido de abrazarnos.
Atlanta nos dio la excusa. Nuestro equipo nos convocó para que nosotros tres, nuevamente, nos celebráramos las ganas de compartirnos. Fue este sábado, con sol y mucha otra gente. Sin embargo nos creíamos solos, mientras el mundo era mundo y la cancha, una fiesta. Hubo cuatro goles en los que aprovechamos para demostrarnos en la cara, uno al otro y el otro al otro, el placer de ser del mismo equipo. Y de tan vivos que estábamos, nos dimos el lujo de morirnos de risa.

martes, 28 de septiembre de 2010

Una cancha a la izquierda del mundo


En Chiapas hay 39 comunidades indígenas zapatistas o Municipios Autónomos establecidos en cinco regiones, denominadas Caracoles. Son rebeldes y, a la vez, organizadas, atributos de grandes equipos y futbolistas.
El día que en Chiapas se dediquen, también, a jugar al fútbol no habrá equipo en el mundo que pueda ganarles. Para eso todavía falta, debido a otras faltas.
Se cuenta en uno de los Caracoles: “Sucedió que un futbolista italiano que murió dejó su herencia para que se construyera una cancha de fútbol en un pueblo zapatista. Esta cancha sólo iba a beneficiar al pueblo de Guadalupe Tepeyac, por eso nosotros hablamos con todo el pueblo y les explicamos que había otras necesidades más urgentes para beneficio de todos los pueblos, tal como un espacio para que trabajen las compañeras que se dedican a la salud tradicional. El pueblo de por sí entendió y dijo que estaba bien, que era justo destinar el dinero a la salud de todos; el segundo paso fue hablar con los donadores y ellos al principio no querían que se usara el dinero para otra cosa, pero después dijeron que estaba bien”.
Hasta el momento, en el mundo no hay cancha zapatista. Deberá esperar el fútbol por ese césped que lo haga más digno, más equitativo y más libre. La vez que ahí se juegue, el triunfo estará asegurado.

jueves, 23 de septiembre de 2010

El arco del triunfo


Es conmovedor lo del arquero que no delata a los defensores, después de que, desatentos, hayan dejado sin marcas al delantero que lo fusiló desde el punto penal.

Tiene valentía el arquero que les cubre las espaldas a diez compañeros sin pedir protección para su propio pecho.

Digno es aquel arquero que nunca agacha la cabeza después de recibir un gol; dignísimo, es el que, encima, levanta la vista a sabiendas de que todavía sufrirá más y más goles.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Musa


Tenía los ojos tan azules que era la envidia de los mares. Su mirada profunda cautivaba a quien le fijara la vista; aquel hombre que andaba arrastrando sus penas no fue la excepción. El contacto visual fue fugaz. Duró lo que él tardó en acomodar la pelota para patear un córner. Suficiente. Fue el azul cautivante de esos ojos el que le encendió las ganas. De corazón triste, piernas tristes, de pronto el córner tomó vida y fue ejecutado por una patada confiada, vigorosa. La pelota hizo una comba que simuló ser llevada por el viento, aunque en esa cancha había sequedad de soplidos. Fue la inspiración de un futbolista que vio coraje en los ojos de ella y lo proyectó en su tiro fuerte, conmovedor. Un instante en que su corazón galopó como hacía tiempo había dejado de hacerlo. Un córner pateado con piernas contentas, preparadas para darle alegría a una hinchada ávida de triunfos. La pelota voló por encima de todos y se cerró por detrás. Debió haber sido el gol de córner más maravilloso que jamás se haya visto. Debió haber sido. La ejecución del hombre que volvió a sonreír cayó tan lejos que ni siquiera hubo gritos atragantados.
Después de patear, él volvió a buscar con su miradita aquella mirada azul. No volvió a encontrarla; tampoco hacía falta. Nunca iba a olvidar la inmensidad de esos mares con pestañas, que le habían devuelto las ganas de sentir que estaba vivo.

martes, 14 de septiembre de 2010

Estamos calladitos, porque estamos hablando


Las palabras sirven para explicar lo que no se sabe e identificar lo que se conoce. Los silencios, para que disfruten los que se entienden con sólo mirarse.
El otro día estaba con mi hermano y, sin emitir sonido, nos pusimos a sonreír, como cuando jugamos al fútbol. En ese concierto de mudez y alegría, no hubo ni una palabra. Entre él y yo, no hacen falta.
Hace rato que con mi hermano no compartimos un mismo equipo. Pero cuando ese milagro sucede, el mundo a nuestro alrededor desparece por una hora. El Negro me da el pase y espera. Yo espero su pase y le adivino el movimiento siguiente. Él sabe lo que intuyo y me sigue el juego. Otra vez me vuelve a buscar para que lo busque.
Tenemos tan bien aprendido hablar sin palabras, que aprovechamos para charlar mientras la pelota baila, salta, grita, chilla. El diálogo es envuelto por un silencio cómplice. Mi hermano y yo nos entendemos demasiado. Y si no nos hablamos, más.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El milagro de Maradona


No lo vio; era ciego. El sordo no pudo escucharlo. Por razones obvias, el mudo no lo gritó. Fue el gol más impresionante de la historia aquel de Maradona y ninguno de los tres lo vivió enteramente. Hasta acá una versión.
Lo otra, la que más me gusta contar, salió de la boca de uno de los que vio el gol. Dicho esto, ya no es revelar la fuente señalar al sordo como el informante.
Él no escuchó el golpe de pelota en el último toque de Diego ni el jadeo de los ingleses que lo corrían de atrás ni la excitación de la gente cuando su marcha se adivinaba indetenible ni los lamentos inútiles ni el pitazo del árbitro. Esa danza de sonidos se la bailó el ciego al oído. Agradecido, el sordo le dibujó con palabras la maravilla del floreo de Maradona y el ridículo desplante al que sometió a los defensores rivales.
Con el goce pleno de los sonidos y la imagen figurada, el ciego entendió el padecer del mudo. Aquel hombre había visto y escuchado todo. Exactamente lo mismo advirtió el sordo. Y entonces fue unánime lo que a los dos se les ocurrió: prestarle la voz al mudo para que pudiera gritar el gol.

martes, 31 de agosto de 2010

Póngale así, como le digo


Carlos Bernabei tiene segundo nombre por insistencia del padre. Tenía su madre la idea fija de una denominación simple, para cumplir con la ley y punto: un nombre, un apellido. Criado en la pobreza, Don Celso, el padre de Carlos, se dio el lujo vulgar de una nomenclatura compuesta. Un apellido, sí. Pero nombres, dos.
—Que sea también Alberto— insistió.
No había ascendiente familiar que justificara ése segundo nombre. Tampoco el gusto por así llamarlo. Nunca entendió aquella buena señora tanta insistencia de parte de su marido. Resignada, finalmente concedió sin que mediaran explicaciones.
El que supo los verdaderos motivos fue el que recibió la bendición de su padre. A él, que así me lo contó, no le gustan sus nombres por separado. El detalle estético es apenas la consecuencia de una idea superadora de su papá. Fue Don Celso el que lo pensó y le hizo entender a su hijo que el club y su propia identidad estaban intrínsecamente fundidos en las siglas. Que se llame Carlos Alberto Bernabei, convenció el hombre. No se enteró su esposa que él, tan fanático, había pensado en Club Atlético Banfield.

jueves, 26 de agosto de 2010

Aquella vez de nunca más


Les juro que era tan pero tan linda, que después no fue lo mismo con otra. Siempre impecable. No exagero si digo que era la envidia de todos los muchachos del barrio. Coqueta, radiante, era como la novia que todos querían tener. “Traela”, me decían los chicos cuando nos juntábamos en la canchita de siempre. Yo me daba cuenta que para ellos no era igual si no la llevaba. Su presencia le aportaba otra motivación al partido. Ella no era cualquiera, una más, la reemplazable, la que da lo mismo si total, lo que importa somos nosotros, los que nos juntamos a jugar. No. Si estaba ella era diferente.
Me tienen que creer: no vi una más hermosa que ella; tan brillante, tan maravillosa. Con decir que era difícil, para quien fuera, evitar la tentación de acariciarla. Lo advertía en los ojos de los muchachos cuando la veían. Confieso que me causaba cierto orgullo que fuera mía. Enteramente mía.
Supe de ella por última vez en un partido al que la había llevado. Ese día lloré como alguien que pierde a un amor grande.
El Rusito Horacio corrió furioso a su encuentro y de un patadón grosero la revoleó lejos. Todavía me pregunto con qué necesidad lo hizo. Desterrada de la cancha, ella, la única pelota de fútbol que tuve, sucumbió reventada al paso de un auto.

lunes, 23 de agosto de 2010

Buen provecho


Ernesto come fuera de su casa todas las noches. No por el gusto de la alta gastronomía. Tampoco por su contrario; es decir, sus salidas no responden a la aversión por la comida casera. Ocurre que Ernesto está solo. O es solo, tal cual repite cada vez que se lo interpela por cómo anda, cómo está, qué le gusta leer o cualquier cosa que se le pregunte. El ejercicio de la indagación trivial tenía siempre el mismo final en el caso de Ernesto. Con profundidad, este hombre de buen talante y mirada nostálgica redunda: soy solo.
Desde que su mujer falleció, la cena se había convertido en su carga más pesada. El desafío de llenar la panza incluía un plan para desactivar la memoria emotiva. Fue por ella más que por él que arrancó su ronda de noches por restaurantes.
Su primera mesa compartida con un comensal hasta entonces desconocido fue hace unos años. Un hombre que también, como él, tendrá unos setenta años. Sin acordar encuentros, los dos solitarios se fueron cruzando en el mismo lugar, en idéntica mesa.
El compañero de Ernesto es hincha de Boca. Militante del fútbol, su tema preferido es el partido del fin de semana de su equipo.
Siguiendo el manual del amigo nuevo, Ernesto se consustanció con la causa y habla de Boca con la enjundia de un fanático.
De a poco, gracias al fútbol, la amistad se hizo resistente a la casualidad. Hasta hace dos años no habían compartido la cancha, ya que Ernesto se excusaba por un dolor de rodillas que arrastra desde hace diez años. Pero el día que Boca estaba por dar la vuelta olímpica no hubo evasiva posible. Su compañero de soledades le había hecho una invitación inadmisible de rechazar.
Fue por su gran aliado que Ernesto volvió a la Bombonera; la última vez había sido en un clásico con River. Una lágrima se le cayó al hombre que ya no se siente solo a la hora de la cena. Una lágrima como la que vio recorrer por la cara de su amigo, cuando Boca hizo el gol que le dio el campeonato. Fue un abrazo intenso que se dieron al final. Un momento sentido de dos tipos sensibles, viudos, y adoradores del fútbol. Uno, fanático de Boca. Ernesto, venenoso hincha de River.

lunes, 16 de agosto de 2010

El momento ideal


Llevaba mil noches de café con ella sin animarme a destronar al miedo. El combate hubiese acabado con el solemne acto, tan simple como complejo, de un beso. Los últimos años los había transitado entre las más elaboradas estrategias y la energía puesta al servicio de ese momento que podía durar segundos, apenas. Pensé situaciones graciosas, serias, formales y las arrebatadas, también. “Qué tantas vueltas”, me decía para convencerme de que tenía que rescatar la acción de ese menjunje burocrático de palabras. Al ritmo que llevaba, iba a ser más factible la úlcera por tanto café que el zampe en la boca de un beso como Dios (¿existe?) manda.
Ella me entregaba unos “sí” chiquitos, en cuotas bien disimuladas, a larguísimos plazos. En cambio yo, que soy de esos cobardes que van con armadura, a punto de lanza, y así y todo no se animan a la estocada final, necesitaba un “sí” entero, generoso, refrendado en la cara.
No pasó. Era lógico. Ninguna dama que se precie de serlo lo hace. Pruritos de ahora, herencia eterna, quién sabe. Ella esperaba, supongo, un arrojo de mi parte, pero sin conceder en los modos. Debía darme cuenta yo solito si ella tenía sus labios en espera, concluí. Tomé carrera y coraje. Lo pensé tantas veces que sería imposible cuantificarlas. Hasta que llegaba y la miraba. Entonces se desvanecía cualquier elucubración. Recitaba la letanía “cómo estás-tomamos un café-qué contás-nos vemos” y así la vida. Mi vida. La de ella sería otra, seguramente mucho más saludable. Mi boca frustrada tenía impregnada la sequedad de los no besos y el marrón del café. Lo más triste es que no vislumbraba cómo saltar aquella barrera de hierro.
Hasta que un día pasó lo ridículo. De pronto le vi levantar la vista y espiar el único televisor del bar que solíamos frecuentar. Le adiviné la mirada enfocada en otro lugar que no era yo, aunque en mi afán de que ella no se diera cuenta, seguí hablando. La vi cómo lentamente se fue despegando de la silla, mientras se inclinaba hacia adelante. La cara se le transformaba en cámara lenta y la sonrisa le iba ganando el semblante. La vi saltar de un tirón y levantar los brazos, invadida por la euforia. “Gol de Chacarita”, me soltó con dulzura y me abrazó, como se abraza a otro hincha.
Aunque no lo crean fue un gol de ellos, de la contra, del equipo que a los de Atlanta nos causa erupción en la piel. No digo que lo grité, pero lo recuerdo como un relámpago revelador.
Con ella había hablado de todo. Cuando digo de todo creía ser literal. Pero nunca habíamos charlado de fútbol. Jamás pensé que a ella, tan dulce, refinada e intelectual, le interesara el deporte donde los hombres sublimamos nuestro machismo. Hubiese sido perder el tiempo. ¿Para qué? Pensaba que hablar de fútbol, acaso, alargaba la posibilidad de llegar hasta el beso. O peor aún, que me quitaba cualquier aspiración para darlo.
No dejé de ser de Atlanta ni un instante. Pero en aquel momento me dejé llevar por su alegría y así, envuelto en su grito, confundido, en el fragor de un hecho nunca bienvenido para mí, le estampé un beso mil veces demorado.

viernes, 13 de agosto de 2010

Epitafios II


Yace aquí alguien que, mientras fue futbolista, jugó por su camiseta a muerte. ¿A qué jugará ahora?

lunes, 9 de agosto de 2010

Epitafio


“Ese gol, ese que nos mandó al descenso, lo pude haber evitado. Pero si nos salvábamos, qué hubiesen sabido queridos hinchas sobre el verdadero sufrimiento. Yace aquí el tipo que más hizo en la vida por ustedes.”

Arquero anónimo

lunes, 2 de agosto de 2010

La esencia


Vi al equipo de los descalzos. Le vi la tierra debajo de las uñas de los pies y le vi los callos en los deditos. Arrastraba ese equipo una chuequera simpática y la planta pelada. Todo a la vista.
Pero ese grupo tenía aún más desnudo el corazón. Los de patas curtidas por el aire y el suelo jugaban a jugar y se imaginaban que el mundo y sus vidas podían ser mejores si se pasaban la pelota. Cuando pateaban, los descalzos nunca dejaban de sonreír.
A veces sufrían los pisotones de los otros, de los rivales con botines. De esos que necesitaban cordones para sujetar y cuero para revestir el cuero. Coincidentemente con sus pies, los equipos con botines tenían recubierto el corazón. Ninguno se permitía soñar. El partido, entonces, quedaba encerrado en lo que allí pasara, sin agregarle o quitarle emoción. No eran como los descalzos. A ellos sí que les gustaba pensar que el juego sólo tenía sentido para burlarse de la realidad.
Nunca se vio a un equipo tan feliz. Aunque perdiera. Se las arreglaban los de patas libres para imaginar que habían corrido como ninguno, festejado como pocos y entendido el secreto del fútbol a la perfección. Así, desnuditos, sin nada que se interponga entre los pies, el corazón y la pelota.

domingo, 25 de julio de 2010

Hasta la victoria, siempre


En el país del No me acuerdo la gente que se veía, no se volvía a ver. Y no por falta de ganas, sino por olvido. La memoria cobró vida nuevamente gracias a un hombre que soñaba mientras los demás dormían. A él más que a ninguna otra persona se le debe ése reconocimiento.
Fue una noche cualquiera en la cancha de siempre. Ahí estaba el equipo del pueblo jugándose el pellejo en un partido que montaba el escenario cruel del que perdía se iba al descenso. Ganaban los otros, los que habían impuesto el pasado pisado.
Por entonces, la tribuna necesitaba un sacudón para volver a recordar. Una de esas jugadas que destierran el puede ser para que, de una buena vez, sea.
Corrió veloz el hombre en busca del pase y se quedó de frente al arquero. Un delantero común hubiese definido a un palo. En el mejor de los casos, quizás se hubiese animado a la gambeta para buscar, después, soltar un tirito al arco libre. Poca cosa para una verdadera revolución como la que hacía tanta falta.
Con la pelota en su poder, aquel tipo eludió al arquero rival y quedó solito frente a la línea de gol y miró a la gente, su gente.
Era tan fácil hacerlo, que la obviedad de salvar al equipo del descenso le despertó sospechas. Sobre todo de esa hinchada desmemoriada.
Pensó el goleador que decidió no serlo por ese ratito y condenó a su equipo a la muerte futbolística. Su remate desviado es el legado que resiste al tiempo. Es él, aquel hombre, quien dijo que no se vive celebrando victorias, sino superando derrotas.
Ahora la gente lo recuerda perfectamente.

domingo, 18 de julio de 2010

Volvió. ¿Volverá?


La quiso tanto, pero tanto, que ya no hubo después, después de ella.

Fue el mejor jugador que se haya visto en el corazón de la Tierra. Corrección de orden: fue el mejor jugador que se haya visto en la tierra del Corazón. Ese hombre, dicen, era capaz de gambetearse al mundo entero. Y sin embargo, nunca pudo esquivar al amor. Una mujer hermosa había sido su perdición. Le había robado la fantasía en el mismísimo instante que le concedió el “sí”. Incluso el robo fue aún mayor. El jugador perdió la inspiración, explicable por el nuevo destino de sus energías. Desde entonces, sus momentos de creatividad fueron a parar a la causa romántica. Inmiscuido en la regla de que la conquista es permanente, el esmirriado hombre dejó de despertar emociones en la cancha. Esa morocha era ahora el catalizador de semejante talento.
El juego acabó cuando ella decidió que se acabara. No hubo amagues. Directo, como un planchazo de un recio defensor, la muy amada le escupió un adiós.
Festejó la hinchada, que pensó en el beneficio propio. Se trataba de la recuperación de ése artista del fútbol, depuesto de su condición de amante. Saben también los tribuneros, como todos nosotros, que la fuerza más destructiva del mundo no es el odio, sino el amor.
Volvió una noche el héroe de aquellos hinchas a lucir su camiseta. Para sus respectivas desgracias, el retorno fue un fracaso. Previsible, impreciso, el que jugaba como nadie anda dando lástima en cada partido. Muy a su pesar, todavía se le nota el amor en los ojos. Y sobre todo, en las piernas.

domingo, 11 de julio de 2010

El gol soñado


Una vez pensé que pensaba mucho. Muchas veces soñé que soñaba. Y otras, pensé que soñaba mucho. Lo que no me pasó fue soñar que pensaba. Pensar se piensa consciente. En cambio soñar es tan infinito que da lo mismo si uno está despierto o dormido.
Un amigo de un amigo, que no es mi amigo, pero que bien podría ser mi amigo, me contó que un día, no recuerda si de noche o de tarde, soñó con su papá, que se murió cuando él tenía dos años.
Le soñó la cara, los gestos, los latidos del corazón, la vena hinchada en la garganta, la voz ancha, estentórea.
Me lo contaba y se emocionaba al tiempo de las palabras. Y me reveló que fue un gran pretexto haber soñado con hacer un gol.
Entonces pensé que él había pensado que yo había pensado que era un sueño de los que se sueñan dormido.
Por eso le pregunté qué hizo después. Y me sonrió:
—Lo que hace cualquiera en un caso así. Lo fui a buscar a mi viejo para abrazarlo y festejar juntos.

lunes, 5 de julio de 2010

El agua bendita


Roberto tiene cincuenta y pico pero nunca se olvida de lo que le pasaba hace más de cuarenta años.
Me jura que de Independiente es fanático, aunque cuando juega contra Boca no puede gritar los goles. Con un discurso que podría convencer hasta al más escéptico me insiste en que, de todos modos, quiere que ése partido lo gane el Rojo.
Como sea, cuando enfrente está Boca no le sale el grito, lo aguanta nostálgico en la garganta. Hay explicación en los recuerdos tan vivenciales. Eso me dice Roberto, que es de Independiente, está clarísimo, pero que un poquito le duele cuando le ganan a Boca.
—¿Sabés qué pasa?— me apunta con crudeza. —Yo era pobre, pero pobre de verdad. En casa no había un mango y el viejo nos daba lo que podía.
Del inventario futbolero no se le escapa nada. Lejos de reivindicar su memoria, el secreto radica en la escasez. Imposible olvidarse de la única pelota que tuvo y aquella camiseta apolillada de Independiente que usó hasta los 15 años, cuando ya no hubo manera de calzarla en el cuerpo.
Para su suerte había un tío ávido de darle el gusto. Roberto vivía a dos cuadras de la cancha de Boca y entonces empezó a ir al club que le quedaba a mano. No necesariamente a jugar con los otros chicos. No.
Para los menesteres futboleros Roberto tenía su propia pandilla de cuadra.
—Al fútbol se jugaba en la calle— me marca. Y en su remate ni lugar quedan para las suspicacias:
—En el club jugaban los pitucos.
Sin embargo, no puede archivar los días en los que iba a Boca.
—Sabés, flaco— me dice. —¿Sabés por qué iba a Boca? Porque ahí, en los vestuarios, me podía bañar con ducha.
Roberto me lo cuenta y se emociona. Se le llenan los ojos de lágrimas y rompe la escena con una anécdota.
—Por eso una vez me banqué en el mayor de los silencios una joyita de Bernao, que la enganchó de taco y dejó la pelota mansita adentro del arco. El mejor gol que vi en mi vida me lo saboreé mudito.
Lo miré sin agregar palabras.
—¿Me entendés que en casa no había lujos y que bañarse era una enjuagada así nomás?
No puedo olvidarme de tanta felicidad, flaco. ¿Sabés lo que era para mí sentir el agua cayéndome en el cuerpo? Pensalo. Cómo mierda le voy a gritar un gol a Boca.

lunes, 28 de junio de 2010

Si usted lo hubiese visto


Fue un goleador tremendo. De esos infalibles que, cuando pisan el área, empequeñecen la figura del arquero. Con decir que una vez, de frente a uno de esos pobrecitos, lo miró fijo a los ojos antes de enterrarle la pelota en el pecho. Cayó de espaldas la víctima mil y pico del goleador temible. De espaldas y adentro. La bala disparada de ese cañón- pie mandó al arquero detrás de la raya, con pelota incluida.
Tenía en su propio manual también de las otras definiciones, las más exquisitas. Las que podían dejar al mundo con la boca abierta, incrédulo ante la belleza de sus conquistas.
En un partido de noche gambeteó al equipo contrario completo, dos veces en la misma jugada. La doble apilada terminó con un gol que emocionó hasta a los rivales.
El día le inspiraba menos. Por eso los encuentros de mañana y tarde no eran tan fantásticos, aunque no faltaban sus tantos coronados por grandes festejos.
Hacer un gol convierte al que sea por dos o tres segundos en alguien invencible. De tanto vulnerar arqueros, aquel hombre debía sentirse capaz de ganar un partido él solo. Nadie lo hubiese pensado si apenas le dedicaba una mirada. Pero todo el que lo conocía podía presumir que sí era idóneo para semejante aventura. A los demás, podía engañarlos a la vista. Sin embargo, el goleador más goleador del mundo, que era paralítico, tenía la cabeza repleta de historias y un capital infinito de risas y llantos.

Este es un homenaje futbolero a Frida Kahlo, que tanto ha dicho diciendo poco.
El post no es otra cosa que una historia mínima inspirada en una de sus máximas: “Para qué quiero los pies si puedo volar”.

jueves, 24 de junio de 2010

Compartir, de eso se trata


El fútbol tiene la generosa virtud de evitarle al hombre la condena a la soledad. Nadie puede sentirse más plenamente acompañado que el que festeja un gol y se cruza, en ese instante, tantos abrazos con tantos abrazadores.

domingo, 20 de junio de 2010

No se hace, se nace


Lo miré con calma. Despacio, como quien estudia los movimientos del otro esperando no ser advertido. Me las arreglé para espiar detalles de esos ojos que no mentían. Su silencio podía evitarle el desnudo del alma, pero sus ojos vidriosos, no.
En ese instante no quiso vomitar frases ominosas delante de su hijo. No quería que el nene, tan chico, le escuchara decir cosas que después podría perjudicarlo. Porque él pensaba que era una tarea ardua convencer a su hijo de que le sea fiel con el equipo. Le hubiese tolerado cualquier rebeldía, menos que no fuera militante del mismo sentimiento.
Cuando su hijo tenía siete años lo había enfrentado por primera vez con firmeza. Para semejante ocasión le había pedido que se sentara en una de las sillas tapizadas del comedor, a las que sólo accedían los adultos.
Su discurso había sido breve, pero tremendamente crudo para los oídos sensibles de un chico.
—Mirá hijo— lo encaró. Vos cuando seas más grande vas a poder elegir a quién votar, si creer en Dios o no, pero vos sos de Atlanta.
No hubo más palabras de su parte y tampoco respuesta del chico, que sólo lo miró. Lo miró fijo, como el que se asegura que el otro le está hablando bien en serio.
El día que en la cancha observé a mi hermano, lo miré como lo habrá mirado mi sobrino a él en aquel monólogo cerrado.
Ahora estaba en silencio, aguantando las lágrimas. Quizás esperando que los jugadores se fueran, que de un plumazo se diluyeran esas siluetas azules y amarillas que deambulaban perdidas por la mitad de la cancha. No se bancaba la crueldad del descenso. Pero mucho menos que lo padeciera su hijo, tan chiquito, tan obligado a padecerlo. Seguro se acordó de su perorata, de cuando le dio libertades políticas y de credo. Sí, esa vez que no le dio opción, porque hincha, hincha sos de Atlanta o de nadie más, le había marcado.
—Papá, no te preocupes— fue el consejo tierno, de una vocecita que venía desde abajo, en medio del vacío existencial.
Fue el arma emocional gatillada al corazón de un hombre que se quebró de inmediato. Después de esas palabras de su hijo, él, tan reacio a exteriorizar lo que sentía, soltó tantas lágrimas que logró impresionarme.
Mi hermano lo abrazó, lo besó y le pidió perdón a mi sobrino:
—Si no querés ser más de Atlanta podés elegir, hijo.
Ese nene que por entonces había cumplido diez años, tan chico para algunas cosas y tan grande para otras, lo miró en silencio, con algo de pena y mucho de amor.
Y unos segundos después completó la frase que el llanto había interrumpido.
—Papá, no te preocupes. Si vos te vas al descenso, yo me voy con vos.

domingo, 13 de junio de 2010

Explicando lo inexplicable


Como ya dije, Claudio Gómez es un personaje entrañable. Y como también comenté, su hija Milena es la expresión confirmada de aquel refrán que indica “de tal palo, tal astilla”. Si acaso alguien todavía puede dudar sobre lo asegurado, una nueva historia derriba cualquier sospecha.

A Milena le contaron un cuento en el colegio. La maestra cautivó a su pequeño gran auditorio con un relato de príncipes, princesas y destierros. Pero para aumentar el misterio dejó de leerles el final. Conciente de la atención que había despertado en esos alumnos manchados de Mantecol, lanzó el desafío: que cada uno escribiera una carta, la que se suponía el príncipe debía enviarle a su amada, confinada a vivir en otro castillo.
Cuando llegó a la casa, Milena le trasladó la inquietud a su papá. Y entonces él, que es un personaje entrañable, le sugirió que tenía que escribir una carta de amor para que el príncipe y la princesa pudieran estar juntos.
—Tiene que haber palabras que demuestren que hay amor— le marcó.
—¿El amor es como la pasión?— preguntó ella, confundida.
—No, no son exactamente lo mismo.

Entonces Claudio Gómez, que es un personaje entrañable, buceó en su hondura para explicarle a su hija de ocho años de qué se tratan el amor y la pasión. Las conclusiones las sacó la propia Milena, en una interpretación libre:
—Ah, ya entendí papá. El amor es querer mucho, mucho, mucho a otra persona. Y la pasión es gritar “dale Rojo, dale Ro”.

Claudio Gómez, que es un personaje entrañable, prometió no volver a emocionarse tanto como ayer. El día que Milena comprendió en lo más profundo de su ser qué siente su papá por Independiente.

miércoles, 9 de junio de 2010

Liberarse


Están los que corren para escapar; están los que corren para alcanzar. Y están los que corren por correr.
Están los que juegan para demostrarles habilidad a los otros; están los que juegan para sentirse importantes. Y están los que juegan por jugar.
También están los otros; los que, mientras corren, juegan a ser libres. Esos son los que entendieron de qué se trata esta historia.

jueves, 3 de junio de 2010

Coincidencias


Un equipo de fútbol triunfa cuando defiende con los pies lo que se sostiene con la cabeza.
Caminan y caminan los pueblos originarios para decir sus verdades pensadas.

Los mejores equipos no son los que ganan, sino aquellos que lo intentan siempre sin renunciar a sus principios.
La Revolución que se recordará es la que se hace con dignidad. Mucho más que la que, simplemente, alcanza el objetivo.

Ningún jugador es tan bueno como aquel que aprendió a perder.
El más sabio compañero de lucha es el que entiende que la derrota no es el final de algo, sino el comienzo de otra cosa.

Se aprende del fútbol. Se prende de la Revolución. Aprenden los hombres y las mujeres que las ideas sobreviven cuando se defienden pensando en triunfar, pero no pensando en el triunfo. Aunque no se gane, en el fútbol hay que intentar hasta la victoria siempre. Como en la Revolución.

martes, 1 de junio de 2010

Bipolaridad


El fútbol es tan contradictoriamente humano que permite que se emocionen los que nunca lloran y se pongan serios, ante la derrota, los que andan a las risas con la vida.

martes, 25 de mayo de 2010

Gol a la muerte


El tipo nunca había pateado una pelota. Ni siquiera de chiquito. De más grande el asunto le había despertado curiosidad, pero pensó lo que indica el manual de la vida: si no lo aprendiste de chico, de grande es más difícil.
Resignado, postergó sus ganas de patear una pelota. Le pasó a los 20, a los 23, a los 27, a los 32. Hasta llegar a los 50, con períodos en los que la duda se le presentaba por año. El día que se decidió a hacerlo no fue por un impulso genuino. Un médico le había avisado que no le quedaba mucho por vivir, aunque no le precisó detalles.
Recién entonces se decidió a matar a la muerte. El señor virgen de goles organizó un partido de fútbol con amigos, sin decir ni una palabra de su supuesta enfermedad. Asistieron los incrédulos, los sorprendidos y los gustosos por compartirle el debut.
Hubo una jugada en el segundo tiempo de ese partido con arcos sin travesaño en la que el tipo tuvo una chance de gol, solo, con el arco libre. La secuencia duró un segundo, dos a lo sumo. Fue como si el tiempo se detuviera para que las imágenes se le pasaran superpuestas a una velocidad imposible de decodificar. Y también pasó la pelota delante de sus pies. No se animó a patear el que, de pronto, sintió que se moría por no haber vivido antes una sensación semejante.
La revancha le llegó diez minutos después. Otra vez la generosidad de un otro lo ubicó de cara al arco y entonce sí, por fin sintió en los poros la excitación de hacer un gol. Lo festejó y se emocionó como un chico. Como ese chico que no había sido, por postergar una parte de su edad para cuando fuera grande.
Pasaron casi treinta años de aquel episodio hasta su muerte. Del hombre que se reconcilió con su infancia por un gol, nunca se supo exactamente de qué murió. La única persuasión es que no fue de tristeza.

jueves, 20 de mayo de 2010

La otra Revolución de mayo


Suben por el lateral izquierdo, como un 3 con proyección. También vienen por la banda derecha (pero atención, es porque juegan con el perfil cambiado; se sabe, siguen siendo de izquierda), con la mirada puesta en el arco rival. Se juntan en el medio y arman un piquete multitudinario que nadie puede franquear. Tienen la pelota, las armas, sus voces, para atacar. Los delanteros esperan por el pase de los compañeros para elevar la consigna principal a los cielos políticos. Hoy llegan los pueblos originarios que vienen marchando desde hace días y días. Caminan la cancha de tribunas repletas y dignifican la lucha. Será porque arrastran sus realidades y ya se encuentran cerquita del área. Sus hinchas le respetan la identidad a este equipo, que trae una frase como bandera: “Caminando por la verdad, hacia un estado plurinacional”.
Son jugadores que se la juegan. Son futbolistas surgidos de las divisiones inferiores de las comunidades Quom-Toba, Wichies, Mocoví, Mapuches y Huarpes. Son más de veinte mil y a punto están de patear el tablero.
Llevan la pelota al pie, la mirada atenta y la frente bien alta. Reclaman las tierras que les expropiaron y juntan argumentos que ya no se cuentan por años, sino por siglos. Son los consagrados en paciencia, que, simbólicamente, exponen hoy para el que el pueblo se entere y pueda mirar debajo de la alfombra del Bicentenario. Decididos a sacudir la modorra de los otros ojos, prometen declamar su verdad, que es la verdad. Y hacerlo con fuerza. Con la misma que se grita un gol.

Sobre la imagen: por un rato perteneció a Angi, una mujer con el alma sensible y el dedo atento para capturar ése momento, que ahora socializa con nosotros y nosotras.

lunes, 17 de mayo de 2010

La tribuna de fantasía


En esta cancha los hinchas aceptan que jueguen futbolistas habilidosos, torpes, goleadores, erráticos, bajos, muy bajos, pero a ninguno se le permite no tener grandeza en la derrota. También se admiten futbolistas veloces, lentos, de mucha marca, de poco quite, altos, muy altos, pero siempre con perfil bajo en la victoria.
Acá los que ganan son los que imaginan vueltas olímpicas para poder compartir sonrisas y despertar el sentimiento del abrazo masivo. En cambio los que viven de la pura realidad, de antemano, pierden todos los partidos. Y se van muriendo de a 90 minutos.

Nota: la pintura de este post pertenece a Salvador López, un artista chileno que concibe al fútbol como un juego y rescata del hincha la parte más genuina de su pasión.
Para ver más de su obra podés hacer click en www.flickr.com/photos/soysalvador

miércoles, 12 de mayo de 2010

Rojo, en la sangre


Claudio Gómez es un personaje entrañable. Toma mate, ceba mate, y, en los escasísimos ratos libres que le otorga el tan rioplatense ritual, ejerce el periodismo. Es prudente aclarar que no todo el ratito libre de mate lo dedica a trabajar. Buena parte de ése tiempo lo utiliza para ser padre.
En una de las muestras más cabales de su amor hacia su hija Milena trató de entusiasmarla con el Mundial y utilizó la receta que, alguna vez, tuvo que aplicar para transmitirle genéticamente su pasión por Independiente. “Milena es del Rojo”, repite el Viejo Gómez –así le dicen algunos que se amparan en su propia juventud- con orgullo.
Esa dulzura de ocho años preguntó porqué (¿será que tiene inquietudes como su papá, que es periodista?) Argentina se iba a enfrentar a Nigeria, como había escuchado en la televisión. Y entonces Claudio Gómez apeló a su manual de estilo y arrancó con una explicación deliciosa:

—¿Viste que Independiente juega contra otros equipos. Y cuando gana nosotros nos ponemos contentos y todos los de Independiente también se ponen contentos?
—Sí— lo siguió Milena.
—Bueno, pero los demás hinchas, los de otros equipos, no se ponen contentos si gana Independiente.
—…
—Ahora con el Mundial es distinto. Argentina tiene un sólo equipo. Entonces cuando gane, todos nos vamos a poner contentos y vamos a festejar.
—…
—…
—Papá, qué lindo sería vivir en un país que se llamara Independiente.

Claudio Gómez es un personaje entrañable. Su hija Milena, también.

domingo, 9 de mayo de 2010

Testimonio


Mientras él está siempre, ella vuelve todo el tiempo. De él todo se sabe. De ella, en cambio, se supone, se modifica, se parcializa. Y cuando coinciden en tiempo y espacio sobrevienen las comparaciones. El es el presente. Ella, la memoria. El es ahora, ya, lo que se ve. Ella es ayer, lo que fue, lo que se cree que fue.
En el fútbol los jugadores actuales son escrutados bajo múltiples cámaras de televisión. En cambio los otros, los que alguna vez jugaron, son amparados por la nostalgia de los que nos cuentan historias. Colocados en diferentes dimensiones, los abuelos juran que no hubo jugadores como los que ellos vieron.
Para no caer en la refutación masiva, propongo aceptar la leyenda, pero sin obviar la siguiente confesión. Mi abuelo antes de morirse me reveló el gran secreto:
—Sabés lo que pasa, nosotros ya estamos viejos y necesitamos rescatar nuestros tiempos de juventud del óxido.
—¿Y por qué mienten?— le pregunté
—No mentimos, ponderamos lo que sentimos como propio para sentirnos un poco mejor.
Entonces entendí ese gran complot tácito de los abuelos para hacernos creer que antes había futbolistas inigualables. Superhombres capaces de hacer jugadas tan maravillosas como irrepetibles para los jugadores terrenales que nosotros vemos cada fin de semana.
A mí me lo dijo mi abuelo, que decidió romper ese pacto de los abuelos:
—No hubo otro como Maradona— me reveló.
Y se murió con una sonrisa liberadora. Me había dicho la verdad.

domingo, 2 de mayo de 2010

Felicidad, sociedad anónima


Los que sonreían casi siempre y los que no lo hacían nunca se desafiaron en un partido de fútbol. El criterio para discriminar los equipos se ligaba subjetivamente con el estado del alma. Por un lado se pusieron los que se consideraban felices. Del otro, como contrapartida, se agruparon los infelices.
Durante aquel juego no corría la máxima del jugador que no se ríe con la cara no se ríe con los pies. Eran tan buenos o malos futbolistas unos como otros.
Hubo goles en aquel partido; muchos goles. Los gritos despertaban la alegría de los hombres y mujeres sensibles, a la vez que molestaban a los que suelen hacer oídos sordos. El gol decisivo fue a la salida de un córner y a la entrada del sol. Los primeros rayos golpearon la cara del arquero feliz, que se quedó a mirar cómo asomaba la luz entre tanta oscuridad. El nueve rival no tuvo contemplaciones y sentenció el resultado.
Al final, los que estaban felices se amargaron por la derrota y ya no volvieron a disfrutar como antes. Mientras, los infelices, condenados a la tristeza, tampoco lograron contentarse con el triunfo.
Solamente un jugador se reía. Un alma libre que irradiaba alegría entre otros y otras que quedaron atados a sus propias miserias. Fue el único. Uno capaz de sobrevivir a la coyuntura y eternizar la sonrisa.
Nadie volvió a verlo para preguntarle cómo lo había logrado.

lunes, 26 de abril de 2010

La ideología en juego


—¿Cuál es la velocidad del sueño?
—No lo sé. Tal vez es... Pero no, no lo sé... En realidad, acá, lo que se sabe, se sabe en colectivo.


Subcomandante Marcos

En el equipo zapatista se mira mal al que intenta la gambeta, porque esconde el pase al compañero. La condena, en realidad, rescata la esencia del fútbol. Un juego que debería enaltecer la idea de que todo es de todos.
Maradona cometió un doble atentado contra el espíritu de la izquierda en un mismo partido. Una vez en la corrida desde mitad de cancha en la que ridiculizó a cinco, diez, miles, ya no se sabe a cuántos jugadores ingleses. Igual debió justificarse: “Todo el tiempo miré a Valdano para darle el pase, pero nunca encontré el hueco exacto para asistirlo”. Antes había burlado al arquero rival, al árbitro y a millones de televidentes en un salto inmortal. “Fue la mano de Dios”, exageró.
Con su fútbol y sus palabras, el 22 de junio de 1986 Diego hizo apología del individualismo. Qué dudas caben.
Sin embargo, estoy seguro de que el comandante Marcos lo hubiese eximido de cualquier acusación. Nadie podría señalar a Maradona por no pensar colectivamente aquellas jugadas. No cuando se trató de expropiarle la sonrisa al Imperio.

miércoles, 21 de abril de 2010

El beso del alma


No le hizo falta hablar. Fue con la mirada que le mendigó, aunque sea, un rato de amor. Era la mujer más linda que había visto. Y encima aquella vez, la primera vez, llevaba puesta una sonrisa merecedora de la eternidad. Nada ni nadie como ella le despertó tanta motivación en una cancha.
Qué bien lucía ella la camiseta, que en su cuerpo parecía un vestido de novia. Tan hermosa era que le quedaba chiquita la palabra.
Y el Walter, bueno. ¡Fulero fulero era el Walter! Y peludo, bien peludo. De la gente que conozco, el Walter era la máxima sospecha de que el hombre desciende del mono. Hasta la cara tenía peluda.
Desde la vez que el Walter se animó a mirarla a los ojos, ella le prometía que después del próximo gol lo iba a besar. El cuentito se lo recitó durante diez años, en los que el Walter fue el goleador de todas las temporadas. La letanía se erigió en el motor de un jugador que rechazó mil ofertas con tal de tener un solo beso. Pero la década fue amarga. Los labios de ella jamás premiaron esos goles que, en buena parte, habían provocado sus promesas.
Con el alma abollada por la histeria femenina, el Walter tomó una decisión. Fue después de que la dama de la sonrisa lo sometiera a una prueba de fuego. El desafío consistía, esta vez, en perderse un gol para ganar un beso. El Walter eligió una jugada obvia, como para que no quedaran dudas. Esperó a quedar cara a cara, con el arquero casi vencido, en una muestra cabal de que, si lo erraba, era porque quería y no por torpeza. El partido se terminaba y el Walter corrió en busca del pase-destino que le permitiera demostrar quién era de verdad. La daga salió eyectada del botín del 10, que dejó al Walter de frente al amor o a la muerte; él elegía. Con un pique en diagonal burló a una defensa que, de pronto, les dio la espalda a dos protagonistas. Eran el arquero y el Walter. Nadie más. Fue un instante que duró un segundo, o dos. Pero que al Walter le valió la eternidad de la sonrisa. Antes de patear, amagó, dejó al arquero tirado y recién ahí, con un tiro suave, convirtió el gol. Ella lo esperó al final, se le puso de frente y le espetó la frase postergada: “Ahora sí”, le dijo. Y ante la sorpresa del Walter, aquella mujer hermosa lo besó como nunca antes a otra persona.

jueves, 15 de abril de 2010

No lo dude: dude


En el reino de las dudas se jugó un partido de fútbol con el único fin de obtener, aunque sea, una certeza. Por tratarse de una tautología, nada como un resultado para llegar a una conclusión.
Fue necesaria en el terreno de la vacilación una moneda lanzada al aire para determinar el escenario del juego. Amsterdam o Londres (no se supo porqué) eran las sedes en cuestión. Cara marcó el destino, que en este caso equivalía a que el partido se disputara en la capital holandesa.
Como en todo reinado, en el de las dudas también había princesas, príncipes, reyes, reinas, bufones, cortesanos, custodios y custodios de los custodios. Así que fueron ellos y ellas los que oficiaron de futbolistas.
Los problemas surgieron desde el principio, cuando no hubo acuerdo para la elección de las camisetas. En ese caso, la duda era por el color: negro o blanco; blanco o negro. Dirimido ese asunto, lo que generó nuevas controversias fue el talle que le correspondía a cada uno. Los flacos más flacos y los gordos más gordos se quejaron por la falta de su justeza en sus respectivas ropas.
Ya durante el partido hubo dudas acerca de quién jugaba para cada equipo. Dudas en el tiempo que duraría el partido, en la cantidad de cambios que se podían hacer, en la imparcialidad del árbitro, y en otra larga lista que -permítaseme la certeza- es recomendable resumir en etcétera.
En lo que no existió cabildeos fue en destacar la belleza del gol de una princesa: de chilena y al ángulo.
Cuando terminó el partido casi nadie sabía si festejar o entristecerse por el resultado. Se destacaron excepciones, pocas, que sonrieron por el triunfo o se resignaron ante la derrota. Paradójicamente fueron aquellos y aquellas que, con conciencia, no dudaron en dejarse llevar por las dudas. Acaso la mejor manera de encontrar certezas.

El texto va dedicado a quien se sienta identificado con estas líneas. Y a dos futbolistas cuyos apellidos enaltecen el acto tan humano de la indecisión: Emiliano Dudar y Rafael Dudamel.

Ahora me queda una duda: ¿por qué escribí sobre las dudas?

lunes, 12 de abril de 2010

Revancha


—Debería darte vergüenza— me reprochó el entrenador en el vestuario.
—Vergüenza es robar— intentó defenderme un compañero.
—Vergüenza es robar y no llevar nada para la casa— lo corregí, con una sonrisa.
—Como sea —se enojó el técnico. ¿Cómo no pateaste al arco, infeliz?
—¿No le viste la cara al arquero? — le retruqué
—Y a mí qué me importa el arquero rival.
—Tenía miedo, se le notaba.
—Mejor.
—¿No te importa alguien que tiene miedo?
—No.
—Debería darte vergüenza— le reproché.

lunes, 5 de abril de 2010

Defensor animado


El estaba enamorado de ella. Ella estaba enamorada de otro. Y ese otro estaba enamorado de él. Él era el 2 del equipo. Ella era fanática de ése equipo. Y el otro era el 9, el de los goles bonitos. Ella era bonita y andaba embelezada por el jugador de los muchos goles. O quizás por los hombres que hacían goles. No era el caso del 2, que ni una vez había sentido en la piel el grito de la hinchada por el gol propio.
Creía él fervientemente en la hipótesis de que alguien era capaz de enamorar a otro alguien haciendo un gol. Y pensó en ella. Y en el otro, del que sabía que estaba enamorado de él y del que conocía también que atraía a ella.
La condena de no ser correspondido la cumplía todos los días. La otra, la de no corresponder, la pagaba con la culpa. Por eso ni el comienzo ni el final de aquella jugada fueron actos improvisados. Cuando encaró hacia el arco rival, él sabía que podía desterrar los descruces. El 2 sacó pecho y limpió rivales con una destreza inusitada para un central tan de otro estilo, tan torpe. La convicción lo arrastró hasta las cercanías del área, donde por fin le vio la cara al gol. Y al 9, que esperaba solitario el pase para cumplir con su ley. El 2 lo vio muy bien, que nadie crea lo contrario. Desde la decisión tomada, simplemente se permitió ignorarlo. Tampoco quiso definir, que se sepa. El destino exacto de un hombre que se animó a dejar de esperar lo marcó en esa última corrida. Eximio improvisador de la gambeta dejó en el camino al arquero, caminó hacia la línea de gol y ante el arco libre ensayó un nuevo amago. Tiró la pelota por encima del paredón que separaba el campo de juego de la tribuna y pasó entre una muchedumbre atónita. Ella lo miró sin entender y vio cómo él se perdía a lo lejos. Sin gol, ella se atragantó con el grito de amor. Fue la vez que el 2 prefirió gambetear hasta encontrar la libertad.

domingo, 28 de marzo de 2010

Partidos de vida o muerte (parte final)


“El último partido no sería uno más. Era el último, que ya de por sí no era poca cosa. Y tenía el agregado de la conformación de los equipos. Convivían entre aquellas veintidós personas, abogados, obreros, licenciados, maestros, alumnos, arquitectos, albañiles, altruistas, egoístas y representantes de otra mucha gente.
De un lado se alistaron individuos bien abotinados y mejor auspiciados. Los otros, más austeros, se agruparon en la mitad de la cancha a consensuar lugares a ocupar y a brazo levantado aprobaron la estrategia de juego. Su vestimenta era roja y el nombre del equipo era tan largo por sus pretensiones inclusivistas, que hubo que resumirlo en “Lucha, Trabajo, Autogestión, Libertad y Amor, Mucho Amor”.
Los de buen pasar económico tenían unas camisetas repletas de publicidades, que impedían reconocer los colores que tenían. Lo que sí podía advertirse era la ideología de ese equipo, cuyo nombre era “Sálvese quien pueda”.
El partido empezó cuando el sol caía. Desde el arranque, se vio a un equipo dispuesto a dar lucha en la mitad de la cancha para, según se escuchó decir, expropiarles la pelota a sus adversarios. No siempre lo consiguieron, aunque nunca dejaron de intentarlo.
El primer gol llegó pasados los veinte minutos. Hasta ahí, predominaron los pelotazos cruzados y perdidos. De repente un muchacho alto, empresario, tomó la pelota en la mitad de cancha y encaró directo al arco. Pasó a uno, a otro, y siguió camino sin mirar a los costados, no por falta de receptores para el pase, sino porque no le importaba compartir la jugada. Cuando salió el arquero, ni siquiera se tomó la molestia de gambetearlo. Lo pasó por encima, ante la esquiva sanción del árbitro y definió libre de rivales y también de remordimientos.
Durante el juego, estuvieron bien claras las estrategias: unos proponían jugadas individuales, mientras los otros se agrupaban y daban pelea colectiva.
El empate llegó en el momento menos esperado. Exhaustos de tanto correr, hacer relevos y sentir en la carne la injusticia arbitral, aquellos once valientes juntaron fuerzas y fueron transpirados a buscar un córner. Sus rivales marcaron mal en esa jugada. O para mejor decirlo, ni siquiera marcaron. Su impunidad era tal que jamás concibieron que esos diez, porque el arquero se quedó para cubrir las espaldas de todos, tan cansados, podían quebrantar la resistencia impoluta, suntuosa, de jugadores poderosos, que creían juntar éxito al tiempo que respiraban.
El centro fue largo, al segundo palo. Por detrás se levantó desde bien abajo uno de esos jugadores que no tenían nombre y les ganó a muchos otros que tenían apellidos compuestos. De un frentazo bajo y al medio mandó la pelota al punto penal, donde un vendaval de piernas la cubrió por completo. Alguien, jamás se supo quién, ganó lugar donde no lo había y su puntazo fue a dar en la base de un palo, hasta meterse en el arco.
Fue el empate y los abrazos. Fue el gol y la gloria. Al cabo, fue la vivencia máxima de los que juegan por los sentimientos más nobles.
El partido siguió su curso, como sigue la vida. Hasta que un abrupto remate desde afuera del área volvió a cambiar la historia. Y también el resultado, claro.
El rubio al que nada le había faltado porque todo le habían dado pateó lleno de arrogancia y su remate soberbio, fríamente ejecutado, se incrustó en el ángulo superior derecho, allí donde no llega la Justicia”.

Fue inevitable que se me escapara un insulto. Cómo podía ser posible que después de semejante esfuerzo por el empate, sobreviniera un desequilibrio desde una acción individual, tan chiquita en lo humano como la soledad misma del acto.
Maldije al fútbol, pero seguí leyendo. Seguí con la esperanza de encontrar en esas líneas que quedaban aunque sea el empate de los de “Lucha, Trabajo, Autogestión, Libertad y Amor, Mucho Amor”. Y por qué no, un honroso triunfo que los dignificara aún más. Seguí leyendo hasta el final sin perder ni un poquito la creencia en esos muchachos con coraje, que habían empujado con sus corazones hasta dejar la vida en el intento.
Fue inútil. No encontré el relato de ningún gol. Ni uno más. La inequívoca descripción de los hechos acababa en ese 2 a 1 a favor de los capitalistas.
A punto de las lágrimas, alcancé, resplandecido, a ver todo en las últimas palabras:

“A pesar de la derrota, de aquellos muchachos quedaron eternizados su espíritu, el compañerismo, la lucha viva y su legado. En cambio los de “Sálvese quien pueda”, efímeros triunfadores, no vivieron más que para verse morir en vida”.

Conmovido, levanté la mirada para darle un abrazo a Braulio y decirle que al fin entendía de qué se trataba el fútbol, un juego eminentemente revelador. Braulio estaba quieto, con la cabeza hundida entre sus brazos apoyados sobre la mesa.
—Se murió— pensé.
Como uno de esos once héroes de camiseta roja, imaginé que Braulio también se había muerto después de dejar su testimonio. Porque ninguna persona que valga la pena se muere sin transmitir, aunque sea, una verdad. Y lloré. Ahí mismo lloré, casi desconsoladamente. Solo.
Hasta que Braulio espió con un ojo y me dijo que no llorara, que esos mártires habían dado la vida por todos nosotros y no tanto por ellos mismos.
También me dijo que lo llevara a la casa, porque el vino le había aflojado las rodillas. Sonreí. Y me reí, hasta largar una carcajada. De pronto me sentía feliz, como pocas veces. Quería salir corriendo ahí mismo, a gritar de alegría, aunque no hubiese sabido qué gritar.
Superado ese impulso del alma, pasé un brazo de Braulio por detrás de mi cuello y lo levanté de la silla de un tirón. Nobleza obliga, antes de salir del bar puse debajo de su copa de licor cinco pesos de propina.

jueves, 25 de marzo de 2010

Partidos de vida o muerte (parte II)


“Se ha escuchado por algún rincón del mundo hablar de partidos jugados a muerte. O partidos de vida o muerte. En realidad, no hay partido alguno registrado en planillas oficiales con semejantes características. Confundidos por la pasión, habrán acuñado algunos tan ancha frase, quizás hija de la exageración del sentimiento, pero de ningún modo con pretendido rigor descriptivo.
Pero atención. Sí hubo encuentros jugados de esa manera, aunque carecen del conocimiento público. La creencia acerca de los auténticos partidos de vida o muerte deben gozar de la confianza de quienes, al menos, intuyen que este incipiente juego del fútbol es un ensayo de la vida misma”.

Lo que seguía era una enumeración de situaciones y personas que tuvieron que jugarse su existencia en partidos de fútbol. Absorto, miré a Braulio sin emitir palabra y de inmediato bajé nuevamente la vista.

“Los depresivos se dejaban ganar. Los suicidas, contrariamente a lo esperado, jugaban con un ahínco inusitado y hacían lo posible por alcanzar el triunfo. Una vez a salvo de la muerte, se mataban por sus propios medios.
Los viejos se daban el lujo de tirar caños adentro del área propia. Los más jóvenes, en cambio, se apuraban para despejar y ahuyentar el peligro, apremiados no tanto por incomodidades tácticas como por temores existenciales.
Los miserables temían perder porque sabían que nada habían aprendido en vida. Contrariamente, los generosos siempre se dejaban hacer algún gol.
Los ignorantes nunca sabían qué les convenía, si ganar o perder. Y los sabios se permitían dudar todo el tiempo.
Los políticos se pasaban la pelota unos a otros, pero no porque les interesara el beneficio colectivo.
Los ateos se despedían de su gente con llantos antes de empezar cada partido. Y los creyentes más fervorosos, también.
Un árbitro sobornado murió de culpa al caer en la cuenta de que once muchachos de unos treinta años perdieron la posibilidad de seguir viviendo por un penal que nunca existió. Enterado del asunto, el juez que dirigió a los sobornadores en una instancia más avanzada quiso hacer justicia y les cobró dos penales en contra, sin que hubiera infracción. Al otro día se suicidó al enterarse que dejó con vida a unos muchachos huérfanos que no superaban los 15 años y que jamás superarían los miedos al desamparo”.

Dejé el papel a un costado y salí del bar a tomar aire. Caminaba como un sonámbulo, sin saber por dónde pisaba. Menos podía saber si Braulio iba a estar cuando me decidiera a volver a la mesa. Tomé bocanadas de aire y estuve cinco minutos sin saber en qué pensar. Las imágenes se me amontonaban en la cabeza y las ideas se me chocaban sin que pudiera sacar conclusiones.
Decidí encarar de nuevo hacia la mesa, con una borrachera que cualquiera podía advertir al verme caminar. La orientación innata me salvó de tropezar con cuanto obstáculo pudiera haberme encontrado en el camino.
Todavía me faltaba leer la última parte del informe. Hasta aquel momento entendía que hubo quienes jugaron para vivir y lo hicieron del mismo modo que vivieron. Ése era un aprendizaje. Me daba escalofrío pensar sobre las muertes de los que padecieron la injusta sentencia de un juez. Pero se me tiñó la cara con una sonrisa cuando imaginaba a los generosos dejándose hacer un gol.
Sin embargo la más grande de las enseñanzas la encontré unas líneas más abajo.