domingo, 21 de marzo de 2010

Partidos de vida o muerte (parte I)


Había escuchado muy a la ligera hablar de los partidos de vida o muerte. De vida y de muerte, ciertamente. Y no me refiero a partidos comunes, con jugadores profesionales que un día se besan una camiseta y al campeonato siguiente juran que van a jugar “a muerte” por los hinchas que antes los insultaban y ahora les creen la reconversión.
No, claro que no son esos los “partidos de vida o muerte” a los que me refiero. Esos suelen ser lugares comunes de periodistas que repiten frases, sin jamás apelar a la reflexión.
De todos modos, no podía precisar ni cercanamente de qué se trataban esos otros partidos. Por entonces la mínima información (o casi nula) con la que contaba me llevaba al terreno de las conjeturas. Pero de ninguna manera a saber ni con qué tenía que ver el asunto.
Para mí el fútbol era un juego revelador, que escondía algún mensaje cifrado. Y lo pensaba así por la creencia firme de entender que alguien se acerca al fútbol no para ser futbolista, sino para ganar amigos. Esa sola idea me conmovía al punto de desear que aquellos partidos de vida o muerte, así, literalmente existieran. Aunque tampoco sabía si en esos partidos iba a poder encontrar respuestas, más allá de las fachadas futboleras.
Un día le comenté mis inquietudes a Don Braulio. Y el viejo me escuchó. Atentamente, como el que sabe de lo que le están hablando.
Braulio era un viejo militante de izquierda que nunca había prestado su nombre para ningún partido porque, según decía, prefería obviar los dogmas. Con argumentos similares tampoco se hizo hincha de algún equipo, aunque el fútbol le gustara casi tanto como las mujeres.
A él lo conocí una noche en un bar, cuando me quedé sin plata para dejar propina. El Viejo se dio cuenta de que yo me levantaba sin dejar nada para el mozo. Entonces, me pegó el grito:
—Ey, pibe, se te cayeron cinco pesos— me mintió.
Antes de darme el billete, me guiñó un ojo. En ese momento supe de la nobleza del tipo por dos cosas. Primero, por no dejar a un mozo sin propina. Segundo, porque lo hizo sin quedarse con el mérito. Incluso ahora que lo pienso mejor, en esa actitud todavía se escondían más virtudes: sin conocerme, Braulio prefirió pensar que yo no dejaba propina por haberme quedado sin plata y no por avaricia. Tenía razón ese hombre de unos ochenta años, del que desconocía casi todo, salvo su color de pelo: blanco como el licor que reposaba en una pequeña copa.
Con el tiempo lo volví a ver en ese mismo bar y me acerqué a saludarlo. Y a partir de ese segundo encuentro convenimos juntarnos una vez por semana.
En una noche larga de invierno, que no invitaba a vivirla al aire libre, nos quedamos tomando vino hasta las tres de la mañana. El Viejo, además, de tanto en tanto le sumaba a la ronda una copita de licor.
Así andábamos hablando de bueyes perdidos, hasta que en mi estado de semiborrachera le planteé a Braulio que al fútbol lo veía como una lupa gigante, que dejaba ver cómo era la gente que lo jugaba. Y que a parte de entretenerme y generarme emociones, también me provocaba un misterio que no podía explicar.
Braulio se quedó callado un momento. Pensante. Mi manía de incomodarme con los silencios me llevó a decir algo. No sé qué, pero ni viene al caso. Con una seña, el Viejo me hizo saber que estaba bien, que ya me había entendido, y que mejor esperara un segundo, porque él tenía algo en su valijita para mostrarme. Me dijo que había heredado unos escritos que no estaban fechados y que habían sido traducidos al castellano. Y recalcó que me los iba a mostrar porque estaba seguro de que yo iba a entender que detrás de un pase gol se esconde la generosidad humana y no un simple acierto estratégico del juego.
Con el documento en mano, volvió a mirarme y sonrió:
—¿Alguna vez creíste que todo estaba perdido?, me preguntó.
Por no saber qué contestar, me metí de lleno en la lectura:

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Quiero más... cómo sigue esto!

MD dijo...

Carajo Marce, ¡qué de puta madre escribes!

El Negro dijo...

Dale puto, eso no se hace... Terminalo

Gabriel Ziblat dijo...

Segunda parteeeeee, segunda parteeeee...