lunes, 8 de agosto de 2011

Tesoros de la mente


La nostalgia nos convierte en cazadores furtivos del pasado. Ahora mismo es pasado; todo es pasado. Vivimos el presente atrapando las imágenes que iremos a buscar cuando la mano venga torcida. En ese intento por retenerlas, ni siquiera nos importa tener la sospecha de que no serán tal cual las queremos conservar.
En el fútbol, los hinchas solemos acudir a nuestra memoria para rescatarnos del desasosiego cuando el equipo no besa la gloria. Recordamos, pues, lo que creemos; nunca lo que fue.
Mi imagen recurrente es la de un nene feliz, llevando la pelota mientras el otro partido se jugaba. Al pie de la tribuna jugaba ese nene con otros nenes, al tiempo que su equipo hacía un gol. La gente gritaba exultante de alegría lo que ese chico de seis años entendía como algo que también había que celebrar. No sabía bien qué, por eso no interrumpía su partido paralelo al partido. Sin embargo, la continuidad del juego era con un orgullo mayor al de antes del festejo.
Sabía el nene que lo estaba mirando su papá. Sabía también el nene que su papá no desatendía el partido de los jugadores, que llevaban en la camiseta los mismos colores que él. Si él hacía un gol, nadie lo iba a gritar. Pero estaba seguro de que su papá se iba a poner contento. Y gambeteaba con la intuición de que su público, su único público que era el papá, después lo iba a felicitar.
Empatía de hijo, él, que a esa altura era más comedido que hincha, le iba a preguntar a su papá cómo había salido el equipo. El chico aquel no recuerda que su padre, por entonces, alguna vez le haya comentado sobre una derrota. Con el tiempo dedujo que la solapada mentira respondía a generar momentos. Cada vez que el papá le respondía que habían ganado, los dos se abrazaban y cantaban y, además, hablaban de las jugadas del partidito jugado al costado del partido. No sé si alguna vez el papá le prestó suma atención al nene que se divertía mientras su equipo jugaba por los puntos. Al nene le gustaba pensar que sí.
La imagen la guardo indeleble en mi memoria. La de ese nene que era yo, aunque no debía ser exactamente yo.

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