
Se vieron y se enamoraron. Pudo haber sido en una esquina, en la parada de un colectivo o en algún bar. Lo mismo daba que haya sido (como fue) una cancha de fútbol, el escenario donde ensayaron las primeras miradas profundas. Y muchas de las que siguieron, también. Al calor del canto de la hinchada se fueron reconociendo el uno para el otro, hasta entender que ya no iban a separarse jamás. Como los buenos amantes, se hicieron mejor pareja con el tiempo. En su caso, el amor ganó en intensidad a medida que pasaban los campeonatos. Sus miradas de ojos vidriosos no ocultaban la emoción de saberse tan enamorados como cómplices en la cancha. Acaso en la cancha se habían descubierto las virtudes que les provocaban atracción mutua. Había que verlos cómo se miraban, aún cuando la jugaba invitaba a los hinchas a levantarse de la tribuna, por cierta inminencia de gol. Nada les distraía las ganas de mirarse. Ni siquiera cuando no volvieron a pisar el club declinaron sus encuentros apasionados. Al contrario, el 2 y el 4 todavía se miran, se sonríen y andan a los besos por cualquier lugar.