Terapia
intensiva es una sucursal de la muerte. O una muestra gratis de la
muerte. Estar ahí, vivo, es sentirse menos vivo; o más muerto. Yo
entro de a ratos, pero el Negro hace siete días que vive de eso, de
ser paciente, de estar ahí. Y ahí –mejor decirle así–, el que
no es paciente-paciente proyecta su muerte, gratuitamente. Ahí
hay que ayudarse; ayudarse es pensar en otra cosa que no sea la
muerte que se huele. El Negro lo entendió y quiso desafiarla
hablando de fútbol. Cuando lo vio se entusiasmó, lo presumió un
eventual compinche; entre el desfile de enfermeras, había aparecido
un enfermero. —Oscar,
decime que te gusta el fútbol. —Sí,
claro. —¿Hincha
de quién sos? —Del
más grande. —... —... —¿De
River... Boca? —De
Chacarita. O
sea, la muerte. Al Negro le hablaron de la muerte en el cuarto donde
la muerte se pasea amenazante. La conspiración laberíntica parecía
producto de la morfina, la sustancia para paliar dolores de verdad,
parecidos a como debe doler la muerte. —Mentira,
vos te pusiste de acuerdo con Rojas— descreyó el Negro. Rojas,
el cirujano, el tipo al que el Negro le había dicho que iba a tener
el honor de operar a un hincha de Atlanta, es de Chacarita. Fue él
quien dio los partes médicos. Cuando al Negro se le complicó la
operación, Rojas ofició de vocero de la muerte. —Soy
de Chaca— le reconfirmó el enfermero. Hace
un par de días se sorteó el fixture de la nueva temporada del
campeonato de la B. En la segunda fecha, o sea nuestra primera salida
de Villa Crespo, o sea el primer partido de Chacarita –poque
posterga su arranque contra el ascendido Central Córdoba— se juega
el clásico. Ya. Cuando el Negro esté bien, Chacarita y Atlanta se
cruzarán en San Martín. Sin embargo, el clásico se empezó a jugar
en la sala de la muerte. El
Negro demanda, como Dios manda: le pide a Oscar que le acomode la
almohada, que le baje la dosis de calmantes y al rato que se la suba,
le pide ir al baño una vez y otra vez y, entonces, me guiña el ojo. El
enfermero entra y mira, no tanto al Negro, sino que mira la radio y
escucha y el Negro sonríe. Los locutores repiten y los oyentes
también la palabra Atlanta. Es la audición partidaria del club, que
dura una hora. La hora que el Negro hace entrar a Oscar
incansablemente. Oscar se da cuenta. Se da cuenta tarde. Su cerebro
ya se empapapó de la palabra que, para él, significa la muerte. Es
la venganza del paciente-paciente. La manera que encontró el Negro
de empezar a ganar el partido.
2 comentarios:
Anónimo
dijo...
GENIAL, GENIAL, GENIAL. YA TE LO DIJE, SOS GENIAL.
¿Será su destino marcado? ¿Una condena impuesta al sufrimiento? Su papá dice que es la herencia grande de un sentimiento que no se explica. Y también el respeto transmitido hacia una camiseta (camisetita, en el caso del protagonista de la foto). ¿Quién lo sabe? Algo de eso debe haber: ahora con tres años, Santino habla poquito y mal. Pero cuando dice "Atlanta", se le entiende clarito.
cerca de la Revolución
"Lo que nos salvó mientras esperábamos el avión, fue que nos contrataron como entrenadores de un equipo de fútbol. Al principio, pensábamos entrenar para no hacer papelones, pero como eran muy malos, nos decidimos también a jugar con el brillante resultado de que el equipo considerado más débil llegó al campeonato relámpago organizado, fue finalista y ganó el campeonato por un penal. Alberto (Granado) estaba inspirado, con su figura parecida en cierto modo a Pedernera y sus pases milimétricos. Se ganó el apodo de “Pedernerita”, y yo me atajé un penal que va a quedar para la historia de Leticia (Colombia). Durante el viaje usábamos mucho el fútbol para entrar en contacto con la gente". (Extracto del diario del Che Guevara, durante su experiencia por la región Amazónica).
el equipo del Subcomandante Marcos
“Zapata, si no la gana, la empata”. EZLN, hasta la victoria siempre.
es palabra de Galeano
“Para los intelectuales de izquierdas, el fútbol hace que el pueblo no piense. Para los de derechas, es la prueba de que piensa con los pies. ¿Que es un negocio y está manipulado? Eso vale para todo. ¿El sexo no lo está? Más que cualquier deporte. Y los que saben me han dicho que el sexo no está mal“.
las plumas, a la cancha
La siguiente es la columna vertebral del equipo que, para mí, mejor le escribe al fútbol: 1, Fontanarrosa; 2, Galeano; 5, Sacheri; 9, Soriano. La elección de los puestos no es azarosa. El criterio que tomé en cuenta para la distribución en el campo de juego fue el apellido de cada uno. Por ejemplo, la doble R de Fontanarrosa le da carácter al apellido. Y el arquero tiene que imponer respeto, aunque sea cuando se lo nombra. Galeano me suena a marcador central. Igual, más elegante que recio. Con Sacheri no tengo ninguna duda: va de cinco. Es un apellido italiano, con presencia. La entidad justa para hacerse patrón en la mitad de cancha. Y arriba, Soriano. Dicho así: "de 9, el Gordo Soriano". Permítanme desconfiar de los referentes de área sin apodo.
2 comentarios:
GENIAL, GENIAL, GENIAL. YA TE LO DIJE, SOS GENIAL.
MM
Que bueno! Excelente.
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