martes, 23 de junio de 2009

“Asusta de sólo mirarlo Ojeda, no le digo”


Sepa usted Garredo, que Ojeda es el hombre más valiente que yo haya conocido. Ojeda tiene pelotas, sabe. ¡Pero pelotas en serio! Es un batallador de mil batallas, capaz de matar a su madre, y más también, si es que hay algo peor que matar a una madre. Y no es de joder. Tiene eso Ojeda. El que se le cruza por el camino, pobre de él: lo desparrama, y sin arrepentimiento. Visceral es Ojeda, créame. Un hombre sanguíneo, que no se anda con vueltas. “De haraposo protocolo”, dice el barbudo de acá a la vuelta, ese medio intelectualoide. Como sea, Garredo: a Ojeda le importa un carajo andarse con prolegómenos, castiga si es necesario y punto. ¿Usted le ha visto la suela? Flor de calzada lleva. ¡Cuarenta y siete!, dicen. Pata ancha, cara ancha, surcos en la piel y mocho los dedos tiene Ojeda. ¿Y esos dientes! Imagínese si se le viene encima. Hace fules y todavía le piden disculpa. Asusta de sólo mirarlo Ojeda, no le digo.
De agarrarse a piñas, a montones tiene de esas. ¡Se ha peleado hasta contra un equipo entero! Él sólo, sin ayuda de nadie. Solito una vez Ojeda bajó rivales a cachetazo limpio.
Negro Ojeda, le decían. Con respeto, no vaya a creer. Hasta Señor Negro, con todas las letras, lo llamaban algunos. Nunca Ojeda, así, a secas.
Ojeda es guapo como nadie, Garredo. Con decirle que es capitán desde los seis años. De chiquito que tiene la cinta en el brazo. Ya de pibe se le notaba ese semblante de matón, prodigio para planchar grandotes y no estirarle ni siquiera la mano. Rompió rodillas que dio miedo, hasta cansarse, mire lo que le digo. Pero no se crea que eso era lo único que hacía. No, esa era una característica de su juego, importante, sí, pero Ojeda era más que eso. Usted no me va a creer, pero hasta era de gambetear. Tenía que verlo en sus años mozos, la tiraba para adelante y a los manotazos se sacaba gente de encima. ¡No le hacía falta mover la cintura! Amagaba con una piña y los contrarios pasaban de largo. Hizo goles de antología, no se crea. Le recuerdo algunos arrancando de atrás de mitad de cancha. No, si usted lo hubiese visto en esa época... Tenía la misma mirada asesina que ahora, en eso no hay diferencias. En cambio hoy le cuesta más ir al piso, ya no se tira como antes. Incluso perdió velocidad. Fíjese que ya no corre a todos, se para de cinco y ahí se queda. ¡Pobrecito el que agarra! Pero ya es ‘si lo agarra’. Antes, los agarraba a todos, no se salvaba nadie. Y así jugaba en cualquier lado: de local, de visitante, donde fuera. Yo no le digo que tipos como Ojeda no conozco. Sonreír, lo vi una vez. Y mejor ni le digo en qué circunstancias.
Este hombre siempre fue de botín pesado, de hacer pata ancha y bancar la parada. De Tapiales lo sacaron entre veinte o más, con las manos ensangrentadas, de tanta biaba que había dado. Imagínese, tipos grandes, llorando, pidiéndole que la parara. Cuando el equipo de Ojeda no ganaba, había quilombo seguro.
Una vez en Barracas lo enfrentaron a cuchillo. Le juro que no se achicó en lo más mínimo. Ahí tiene, mayor prueba que esa quiere, Garredo. Ojeda aquella vez se la bancó a mano limpia, él solito. Intimidaba Ojeda que Dios me libre. Todavía hoy, intimida. Adentro de la cancha. Y afuera, también. Un guapo de arrabales es Ojeda. Decía que los rivales eran “unos chotos”, que no se le animaban ni una vez. Yo creo que ese hombre tiene dos corazones. No hay uno, Garredo, que aguante semejante ritmo. Un corazón normal, uno solo, no aguanta, se para en cualquiera de esos partidos que eran una carnicería. ¡Qué bárbaro! Con ese cogote y esas manos, qué quiere usted también, Garredo. Y feo. Encima, es feo. Eso amedrenta, qué le parece. Vio que los feos dan más miedo que los lindos. No sé, cuestión de imagen. Porque no por feo uno debiera ser más guapo. Pero observe bien; mire bien y se va a dar cuenta que los fuleros asustan más. Y Ojeda, entre nosotros, que no se le escape, si hay algo que tiene es una cara que espanta. Eso también lo ayuda. Igual es guapo-guapo. Buen jugador, no sé. Aunque en mi equipo lo quiero. Ah, eso sí. Así y todo, a mí deme uno como Ojeda y le peleo cualquier campeonato.
El tipo es una bestia humana, qué quiere que le diga, Garredo. Si tiene que matar a uno, lo mata. No hay quien le diga ni media palabra de más. Ojeda se hace respetar adonde vaya. Tiene fuego, es aguerrido. Lo escudriñe al rival con esa mirada exaltada y eso le revuelve las tripas a cualquiera, cómo no. No le digo yo el respeto que infunde. Es de poner la pierna donde todos la sacan. ¿O no ha visto cómo surca la cancha, de tan a fondo que va? ¡Ahuyenta hasta al más valiente, cuando pone de punta los tapones de esas suelazas! Pero sí, se lo reconozco, Garredo. En algo tiene usted mucha razón: cuando hay que patear un penal, Ojeda se caga todo.

4 comentarios:

Martín dijo...

jajaja. Yo una vez tuvo que patear un penal y me cagué todo. Y eso que era un partido entre amigos!

Gabriel Ziblat dijo...

Que grande ojeda! Esos son los jugadores que me gustan! Che, esta muy buena historia, y muy bien escrita, es autoreferencial??? jaja

Abrazo grande
Siga así campeón!

Carla dijo...

Buen remate!! Fue desde el punto del penal??

Andy dijo...

Muy interesante la vida de ojeda, que supongo es el morochón de la foto. Me preguntó, a cuántos odontólogos se habrá cargado?