lunes, 20 de septiembre de 2010

Musa


Tenía los ojos tan azules que era la envidia de los mares. Su mirada profunda cautivaba a quien le fijara la vista; aquel hombre que andaba arrastrando sus penas no fue la excepción. El contacto visual fue fugaz. Duró lo que él tardó en acomodar la pelota para patear un córner. Suficiente. Fue el azul cautivante de esos ojos el que le encendió las ganas. De corazón triste, piernas tristes, de pronto el córner tomó vida y fue ejecutado por una patada confiada, vigorosa. La pelota hizo una comba que simuló ser llevada por el viento, aunque en esa cancha había sequedad de soplidos. Fue la inspiración de un futbolista que vio coraje en los ojos de ella y lo proyectó en su tiro fuerte, conmovedor. Un instante en que su corazón galopó como hacía tiempo había dejado de hacerlo. Un córner pateado con piernas contentas, preparadas para darle alegría a una hinchada ávida de triunfos. La pelota voló por encima de todos y se cerró por detrás. Debió haber sido el gol de córner más maravilloso que jamás se haya visto. Debió haber sido. La ejecución del hombre que volvió a sonreír cayó tan lejos que ni siquiera hubo gritos atragantados.
Después de patear, él volvió a buscar con su miradita aquella mirada azul. No volvió a encontrarla; tampoco hacía falta. Nunca iba a olvidar la inmensidad de esos mares con pestañas, que le habían devuelto las ganas de sentir que estaba vivo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Insisto: muchas de las mejores historias de amor (esta es una) las leí acá.
Te felicito.

John Boy dijo...

Y es que los ojos son las ventanas del alma

eito dijo...

Muy bello Lechu